La afamada fiesta de este mi pueblo termina con un acto de prestidigitación o de efectos especiales, si se quiere.  A la mañana siguiente despiertas, sales a calle y ¡zas! todo el mundo viste de paisano. La uniforme coloración en blanco y rojo que impregnaba la ciudad el día anterior ha desaparecido por completo hasta el punto de que la atención censora no puede dejar de fijarse en quien lleva alguna prenda roja o blanca: un despistado o un provocador. En un parpadeo y mediante un súbito cambio de atuendo, como el que practican los actores en el camerino para adaptar su personaje a las circunstancias del acto siguiente, la ciudad entera sale de la leyenda y retorna a la historia. Es sabido que las festividades litúrgicas aspiran a abolir el paso del tiempo y sus rituales son engarces con la eternidad, así que la ciudad cambia de registro mediante una mutación indumentaria que parece banal pero es traumática.  La segunda quincena de julio es en esta ciudad un tiempo mohíno, depresivo, calmo como un cementerio y dedicado a barrer de las calles las huellas de la fiesta. Estamos, pues, de nuevo en la historia, pero ¿qué historia?

El sujeto se despereza y enchufa los chismes que le proveen de esa forma de ficción histórica a la que llamamos actualidad y así se entera de que hoy se cumple el quincuagésimo (ya no se dice así) aniversario de la llegada del hombre a la Luna. Bueno, en realidad, hoy hace cincuenta años despegó de la Tierra la nave Apolo 11, que llegaría a su objetivo cuatro días después y al día siguiente se produciría el famoso paseo de los astronautas, que es lo que todos queremos creer que recordamos. La pugna entre la leyenda y la historia sigue viva y probablemente no hay acontecimiento contemporáneo más propenso a la leyenda que este que hoy ocupa las tertulias de entretenimiento en la tele y las yermas páginas de los periódicos. ¿Dónde estaba usted cuando Neil Amstrong y Buzz Aldrin daban saltitos sobre lo que parece una alfombra de sal en un escenario vacío? Haber sido testigo de un acontecimiento histórico, aunque sea de la forma vicaria que corresponde a un telespectador comporta una alta dosis de ansiedad. Los oversixties estamos obligados a evocar un falso recuerdo sin duda reelaborado con la información de los años posteriores y, no contentos con la simple evocación, los más entusiastas aún se ven impelidos a afirmar que, después de aquello, todos queríamos ser astronautas. La señal televisiva de la hazaña nos llegó a deshora a través de un sistema de radiodifusión de un primitivismo inimaginable hoy y acompañado de la voz de Jesús Hermida, quizá el periodista más perifrástico y propenso a la fábula de la historia de la televisión. Esa mezcla de ineficiencia técnica y retórica rimbombante es la materia de nuestro recuerdo; el modo como estuvimos presentes en aquel acontecimiento. La responsabilidad del recuerdo atañe también a los efectos que ha tenido sobre nuestras vidas. Hoy tenemos en el gobierno (en funciones) un astronauta de verdad del que lo único que sabemos es que ha tenido algún mal encuentro con el fisco, pero también tenemos en la jefatura de la oposición a un acreditado escupidor de huesos de aceituna. Esa es la historia.