La primera y única vez que, en razón de mi oficio, entrevisté a Arnaldo Otegi, hace ya veinte años, tuve la impresión de tener enfrente al jefecillo de una banda de barrio. Tenía, y aún conserva, los rasgos aniñados subrayados con un corte de flequillo que parece hecho con podadora, un pendiente en el lóbulo de la oreja y la característica camiseta negra estampada con motivos más o menos revolucionarios. Entonces era el atavío estándar de la tribu urbana mayoritaria en nuestras calles y don Otegi estaba perfectamente integrado en el paisaje; ahora, sin embargo, está cerca de ser una antigualla. Por lo que se ha visto en la reciente entrevista en la tele, también conserva la misma sonrisilla astuta y desdeñosa del tipo que ha visto cosas que vosotros no creeríais, como dice el replicante de Blade Ranner, una peli muy antigua también.
Hay algo de masoquista en los diversos intentos publicitarios para que don Otegi diga lo que no va a decir porque ni él ni su gente creen en ello. España tiene una larga y densa tradición de violencia política pero no se conoce ningún caso de que quienes la han ejercido pidieran luego perdón a las víctimas o mostraran algún gesto de arrepentimiento por los desmanes cometidos. En el peor de los casos, si perdieron la guerra, lo pagaron con cárcel y paredón, y si la ganaron, fueron colmados de honores. No hace falta poner ejemplos. Don Otegi y compañía están en un estado intermedio; ni ganaron ni perdieron la guerra que habían emprendido. Como ocurriera con las anteriores asonadas carlistas de las que el terrorismo de eta ha sido el penúltimo avatar conocido (antes de la república independiente de Cataluña, que aún está al pil pil) un día terminó, siempre mediante alguna forma de negociación porque la victoria militar completa era imposible tanto para los alzados como para el estado, y los que habían participado en ellas volvieron al caserío y hasta la próxima. Ese es el mensaje subliminal, como se dice, que don Otegi ofreció en la tele. Volverán, seguramente no él pero sí sus hijos o nietos. Él y su gente representan el nazionalsocialismo vasco (no es una atribución gratuita, sozialista abertzaleak, su traducción al vascuence, ha sido uno de los innumerables nombres que ha adoptado el partido y su grupo parlamentario en momentos históricos más boyantes para su causa) y, en este sentido, estaría justificado huir de cualquier forma de alianza política con ellos. Pero hay que reconocer que el partido de don Otegi cumple un papel fundamental en el postureo nacional como material radiactivo que debe manejar la izquierda mientras la derecha engorda con los votos de los franquistas voxianos.
P.S. En la localidad de Estella de esta remota provincia subpirenaica se encuentra un museo histórico del carlismo, instalado por un gobierno de la derecha y cuyo alcance terminaba pudorosamente en los principios del pasado siglo. La evidencia histórica puesta negro sobre blanco por los nuevos historiadores ha obligado a añadir una sala en la que se da noticia de la determinante participación carlista en el derribo de la II República y en la represión sangrienta contra republicanos, socialistas y liberales durante la guerra civil. ¿Quién sabe si dentro de unos años otro avance de la opinión pública no obligará a abrir una nueva sala en la que se informe de la violencia ejercida por los sozialista abertzaleak contra la población y las instituciones cuando el país recuperaba la democracia?