El reelegido alcalde de esta mi ciudad ha regresado al cargo paseándose en la procesión de corpuschristi, después de cuatro años de insoportable abstinencia de fastos y pompas. Los alcaldes vocacionales necesitan verse en las procesiones para reconocerse a sí mismos y que le reconozca la feligresía.  Y ahí estaba el nuestro, sobrio como un jefe de negociado a la vez que rutilante como un pavo real, con su vara de mando y su collarín de honores, un pie detrás de otro sobre la alfombra de hierbas aromáticas, a paso regular, que es el que prescriben las ordenanzas militares para procesiones sacras y entierros de postín. La alfombra vegetal, unos dos mil euros, la ha pagado la ciudad, claro, pero ¿y lo contentos que estaban todos? El grupo municipal desalojado de la alcaldía en las últimas elecciones ha preguntado oficialmente por esta presencia corporativa y por el gasto ornamental con cargo a las arcas municipales porque desde hace tres años el gobierno local no asistía en cuerpo de ciudad a la procesión y el ornato callejero debía pagarlo la iglesia. Todo en nombre del  argumento más desacreditado de nuestro lenguaje político, a pesar de su impecable linaje constitucional: el laicismo.

En los pasados años no hubo alfombra vegetal en la procesión porque pedir a la iglesia que pague el ornato de sus espectáculos es no saber en qué planeta vivimos. Desde el siglo IV, Roma y sus franquicias tienen un contrato con la civilización occidental: proveen de celebraciones y festejos populares en régimen de monopolio y la sociedad civil paga los gastos del montaje, desde la construcción de las catedrales y los salarios y dietas de los figurantes hasta los trajes de marinerito y de cenicienta que visten los niños de primera comunión. La libertad religiosa es un camelo como la libertad de mercado en las operadoras de telefonía: hay varias ofertas pero todo el mundo sabe cual es la fetén. En España, los creyentes católicos son una minoría pero no hay ningún acto público o de reconocimiento colectivo que nos identifique como sociedad que no se celebre bajo la inspiración y en la tradición de la iglesia. La fiesta nacional, el día de la constitución, son fechas borrosas, a las que cualquiera puede hacer una pedorreta y que no tienen más función que completar el calendario vacacional anual esmaltado de fiestas religiosas. La derecha tiene una relación simbiótica con la clerecía y el paseo del alcalde entorchado sobre la alfombra aromática que se extiende a los pies de dios se debe entender como un episodio de la reconquista que pregonan los voxianos. Fuera de este círculo mágico y perfumado están los de la cáscara amarga. Rabiando, como dice un titular de prensa.