Un fulano ya difunto de nombre Antonio Luis Baena Tocón ha recibido en días pasados una repentina ducha de popularidad después de que su hijo haya intentado que desapareciera de la historia. Su memoria había sido rescatada del olvido en un trabajo historiográfico porque fue el secretario del consejo de guerra que condenó a muerte al poeta Miguel Hernández, así que su presencia en aquel escenario es similar a la de una momia de segundo o tercer orden cuando los egiptólogos excavan la tumba del faraón. La identificación del personaje secundario ayuda a entender el cuadro histórico completo y refuerza su veracidad porque la historia solo es tal si la han encarnado seres humanos y estos son reconocibles. Los españoles, es sabido, tenemos una relación muy tortuosa con nuestro pasado, lo que nos vuelve irresponsables cuando hemos de afrontar el presente. Nuestra felicidad reside en vivir en un estado perpetuamente enjabonado y aclarado en la lavadora del olvido.
El caso es que el hijo de don Baena Tocón ha solicitado con éxito a la universidad de Alicante que borre el nombre de su padre en el documento en que aparece referido en relación con la suerte de Miguel Hernández, porque, alega el vástago, su padre también fue una víctima de franquismo. El argumento que sostiene la petición es idiota, además de inexacto, por lo que se ha sabido después, pero ha tenido dos consecuencias asombrosas. La primera, que la autoridad universitaria ha aceptado la demanda y ha hecho desaparecer la mención nominal de don Baena, en una decisión aberrante que niega la razón misma de la institución universitaria, que en esta materia no es otra que el desvelamiento de la verdad histórica. Esta especie de plasticidad, acomodo o mamoneo, si se prefiere, que afecta a las pautas de rigor histórico en nuestro país explica la muy superior credibilidad de que gozan los hispanistas extranjeros que estudian nuestra historia. Por ejemplo, en el libro de Paul Preston (El holocausto español) aparecen identificados con su nombre y dos apellidos decenas de individuos que tuvieron un papel mucho más abyecto que don Baena en la represión, la franquista y la republicana, sin que nadie haya sugerido la corrección ni de una coma del texto. Así que lo que sienta Preston, o Elliot, o Kamen, o Payne, le está vedado hacerlo a nuestra titubeante, acomodaticia y desacreditada universidad.
El segundo motivo de asombro es extra académico y tiene que ver con el signo de estos tiempos. La autocensura que se ha impuesto la universidad de Alicante ha tenido réplica en redes sociales y medios digitales hasta el punto de que el tal don Baena ha sido elevado al retablo de la wikipedia, donde goza de una biografía sumaria que sustituye por ahora con éxito a la oficial y que contiene, claro está, el episodio censurado, además de desmentir con datos que pueda considerarse una víctima del franquismo. Estamos ante un salto entre la era analógica y la era digital, que ni el deudo de don Baena ni la universidad temblorosa han tenido en cuenta. En el pasado, los difuntos se enterraban con el traje de los domingos en un féretro sellado bajo una pesada losa y su memoria la vigilaba un reducido grupo de adeptos, ya fuera la familia, los beneficiarios, conmilitones y secuaces del difunto, y así quedaba para la eternidad. Hoy, los cadáveres se incineran y sus cenizas y su memoria quedan flotando en el aire al albur del viento. No hay ninguna forma de inmortalidad que escape al escrutinio público. Esta situación crea paradojas escandalosas como la de la correosa momia de Cuelgamuros, en la que un país entero, que se dice a sí mismo democrático, está sometido a la celebrada memoria de un asesino en serie.