El amigo Liberius ha debido rebuscar en las etimologías para encontrar un nombre apropiado a la cosa y llama con ironía de sabio antiguo el podólogo a la aplicación de smartphone que cuenta los pasos que damos y nos felicita, aplaude y siembra de confetis la pantallita cuando rebasas cierto número que el chisme considera lindante con el heroísmo para la edad que tienes. Este contador de pasos y otras aplicaciones del móvil se han convertido en la impedimenta performativa que llevamos encima cuando salimos a la calle, e incluye, la situación meteorológica, el mapa de carreteras, el plano de la ciudad, la cartelera de cine, los secretos de familia, las parodias de los políticos, los resultados de la liga de fútbol, las tribulaciones de los orangutanes de Sumatra y en general todo el universo mensurable. Una caja de herramientas exuberante, más dura que la mano que la empuña y más inteligente que la cabeza a la que sirve. El usuario se relaciona con este compañero de viaje según el talante de cada cual. Liberius considera a su podólogo como a su médico de cabecera, al que consulta y que le aconseja estimular la motricidad, pero nuestra amiga inglesa, que es muy competitiva y detesta perder, lo adopta como el potenciómetro de su vitalismo, el testigo de su nietszcheana voluntad de poder. Más pasos, más vida.
La aplicación y el usuario mantienen un diálogo equívoco, una suerte de dialéctica invertida del amo y el esclavo en la que el aparatito lleva la batuta. Este finge ignorar que los huesos se calcifican en su envoltura de carne cada vez más floja y avanzan hacia una dimensión donde el tiempo deviene eternidad y el movimiento quietud fosilizada, mientras él continúa con su insomne conteo de los pasos y sus absurdos hitos y celebraciones autorreferenciales. Y no solo cuenta los pasos, también registra nuestros itinerarios, documenta nuestros deseos, describe nuestros pensamientos, archiva nuestros mensajes y configura nuestros sueños. Napoleón llevaba tras de sí a un escribiente que tomaba nota de sus ocurrencias formuladas en voz alta para la posteridad; aquel tipo con una pluma de ganso y recado de escribir, pegado a los talones del emperador por todos los caminos de Europa, era sin sospecharlo el precedente del telefonillo inteligente. El resultado del trabajo de aquel escribano es una sarta de máximas y sentencias imperiales de varia lección, una sagaces y otras obvias, que reunió Balzac y ha vertido al castellano el amigo Quirón. Toda existencia es intrigante y banal, que se lo pregunten a la petaca que parece la miniatura portátil del rutilante monolito de 2001 Una odisea del espacio y que llevamos todos en el bolsillo como un talismán.