Si bien se mira, la gobernanza de la admirada y ya en declive frau Merkel se alimenta del mismo humus donde eclosionan las toperas de la llamada extrema derecha populista. El ama de casa que lleva con esmero la economía doméstica mientras el marido trabaja fuera al servicio de un capitalismo depredador. Otra imagen viene a iluminar esta intuición: los delantales blancos impolutos de las mujeres del fuerte mientras en el desierto más allá de las empalizadas sus maridos e hijos masacran a los indios, como se ve en las películas de homenaje a la caballería yanqui que filmó John Ford. La simbiosis de tradición doméstica y barbarie exterior resume bien el sentido de nuestras sociedades liberal/democráticas. El error de frau Merkel fue abrir las puertas del fuerte a los indios, llevada, quién sabe, por un sentimiento de magnificencia o compasión. Fue un error que corrigió de inmediato pero ya era tarde. En ese momento, la caballería se sintió llamada no solo a defender el fuerte y extender sus dominios sino a gobernarlo. En esas estamos y de eso tratan las próximas elecciones europeas. Y no es buena señal que quienes aún gobiernan el fuerte hayan tenido que reunirse en un lugar tan improbable como Sibiu (Transilvania) para ver qué hacer con el futuro de la cosa. El encuentro es una pamema ante la cercanía de las próximas elecciones y su contenido ha resultado tan insignificante que nuestro don Sánchez abandonó la reunión para estar en la foto memorial de don Rubalcaba q.p.d, un lujo que no puede permitirse un empleado de glovo ni para el entierro de su madre.
La pregunta es: ¿para qué sirve un fuerte en medio del desierto? Las pelis de John Ford relatan el nacimiento de una sociedad que a la postre es la nuestra y destilan una épica de individuos solitarios, erráticos y quebrados; gentes que hacen lo que les dicta el deber sin entender su sentido. Caballistas rodeados por un paisaje grandioso que no lleva a parte alguna. Europa es un paisaje deslumbrante que necesita inmigrantes para impulsar su economía y revertir el déficit demográfico, y necesita entenderse con los países de su entorno, especialmente los de la vertiente meridional, que atraviesan una circunstancia de inestabilidad y penuria potencialmente explosiva. Europa también necesita a su propia gente, a la que arroja al desierto para que se busque la vida. Y por último, pero no en último lugar, necesita un proyecto planetario, no para imponerlo, como hizo históricamente, sino para dialogar con otras culturas desde una plataforma firme, segura y esperanzadora. Ninguno de estos ítems va a formar parte de la agenda de las elecciones europeas. Entonces, ¿para qué demonios celebrarlas? Después de todo, la caballería ya está aquí.