Don Sánchez le niega el saludo a don Casado porque le ha llamado golpista.  Este replica que don Sánchez tiene la piel muy fina. Don Casado es un chulito alborotador que necesita demostrar a su cuadrilla y a su mentor, del que no sabemos si tras su  cara de cactus le alienta o se ríe de él,  lo machote que puede llegar a ser. A su turno, don Sánchez no puede permitirse dudar ni por un momento de que es el primero de la clase, aunque sus méritos sean escasos y tan discutidos como su manoseada tesis doctoral. Soy el presidente del gobierno, soy el presidente del gobierno, no cesa de repetirse incluso en voz alta y en público. Entre el brutalismo estentóreo del jefecillo de la oposición y el quietismo mayestático del presidente del gobierno se abre una sima plagada de dudas sobre el presente y de aciagos presagios sobre el porvenir. Para empezar, ya han roto las relaciones, lo que quiera que signifique eso.

A menudo identifican –elogiosamente- a don Sánchez como un superviviente, valer decir, como un Robinson Crusoe encantado de ser el rey de una isla desierta que espera a su Viernes, empleo que ahora mismo desempeña don Iglesias con verdadero afán y escaso éxito. En un universo convencional, como en el que nos habíamos acostumbrado a vivir, los trabajosos y muy moderados presupuestos del estado que van de un despacho a otro en busca de aprobación deberían haberlos pactado don Sánchez y don Rivera, porque las cuentas no son para tanto, pero este último está en otra competición y nadie está en un universo convencional.

El centro político es la isla desierta a la que el naufragio ha arrojado a don Sánchez, que no puede ocultar ni su falta de pericia y recursos ni, lo que es peor, su pánico, que le resultaría insufrible si no creyera por encima de todo en su baraca. La misión que se atribuyó Robinson y ahora también don Sánchez es reconstruir el viejo orden social y económico en un espacio completamente asilvestrado. En la novela de Defoe el héroe lo consigue, pero parece improbable que esta ficción se haga realidad aquí y ahora. Las oportunidades –nueva política migratoria, presupuestos más expansivos, sintonía entre los derechos humanos y la venta de armas a asesinos, ruptura con el franquismo de Cuelgamuros, etcétera- son las blancas velas que aparecen en el horizonte, que la esperanza del náufrago le hace creer que se acercan pero que en realidad se alejan de la isla. Entretanto, en el extremo derecho del territorio hay un bosque inexplorado donde se oyen los tambores de guerra de los neofascistas o como se llamen (lean Las nuevas caras de la derecha, de Enzo Traverso), que en España están en fase de competición para ver quién se alza con la maza de jefe. En este trance, el heredero de la tribu tiene que hacer méritos, así que sale a campo abierto, se acerca a la cabaña del náufrago-rey y le desafía al modo tribal, mostrándole los genitales. Al principio, don Sánchez creyó que podía entenderse con el caníbal pero ya ha visto que es imposible y para que se fastidie le ha negado el saludo. Los caníbales están encantados; ahora ya pueden comerse a Robinson sin cargo de conciencia, y celebrar el festín en Cuelgamuros o en la cripta de la Almudena.

Por ahora, entre los espectadores de la película son más numerosos los partidarios del náufrago que de los caníbales, uno de los cuales ha ingresado hoy en la cárcel muy compungido.