No se puede vivir sin honor. Eso explica las fantasmales exequias autorreferenciales celebradas hoy en Cambo-les-Bains. Un puñado de viejos incombustibles leyendo un obituario tras otro ante un público escaso y protocolario. Mensajes que mezclan el autobombo y la moralina. Una versión tardía de el baile de los vampiros, en la que emergen de su escondrijo nocturno para celebrarse a sí mismos por personas interpuestas. Hay algo a la vez ridículo y ofensivo en esta ceremonia y en los comunicados destilados por eta en las últimas semanas, en un intento de ser recordada, o peor, de dejar su impronta y quizá de no irse nunca. Ni siquiera podemos estar seguros de que el de hoy vaya a ser el último comunicado. La primera sorpresa es que aún tenga voz ese engendro, que todavía haya alguien habitando ese zulo y que crea que sus engolados mensajes tienen algún sentido o algún peso; que crea que hay alguien –el gobierno, la sociedad, las víctimas- que espera sus palabras, como si fuera una entidad de pleno derecho que se explica ante la historia y que debe ser escuchada. Eta fue una máquina de matar y cuando dejó de hacerlo desaparecieron también sus argumentos. La explicación que ofrece de sus actos en busca de una justificación histórica es una reconstrucción fraudulenta, y la petición de perdón, cicatera e insincera. Es, ya se ha dicho, un intento ensimismado de recobrar el honor perdido.
Para quienes han (hemos) convivido con la actividad criminal de la banda, lo más asombroso sin duda fue su interminable duración, la incansable tenacidad de la violencia que ejercía a pesar de su notoria inanidad política. Y la ceguera de sus no poco numerosos seguidores, con los que compartíamos mesa, aula, lugar de trabajo, vecindario, familia. Más allá del dolor, el temor y la consternación que sembraban los atentados, y de la fractura y el envilecimiento que imprimían en la sociedad, ningún objetivo proclamado por la banda estaba ni de lejos a su alcance. No doblegaron al gobierno, no alteraron la agenda pública y no torcieron la voluntad de la ciudadanía. Tampoco es cierto que fueran derrotados por el estado de derecho, como reza el tópico gubernamental. El estado se saltó a menudo el derecho en los agónicos días de la lucha antiterrorista. Lo que derrotó al terrorismo fue su propio programa totalitario y homicida, que iba en contra de la historia y se enfrentaba a toda la sociedad. Lo que asombra, hay que repetirlo, es lo que duró la locura. Sesenta años, que se dice pronto.
Hay ahora cierta preocupación por lo que se viene llamando el relato, vale decir, quién y cómo contará lo ocurrido. Las víctimas tienen dos poderosas razones para desconfiar y mantenerse alerta ante cualquier indicio –y este último y edulcorado final de la banda lo es- de que un futuro relato de lo ocurrido termine estableciendo un equilibrio de hechos y valores entre víctimas y verdugos. Estas dos razones de las víctimas son, el carácter irreparable de la pérdida que sufrieron en sí mismas y en sus familias, y la soledad con que tuvieron que afrontar el trance. No solo eran víctimas inocentes e inesperadas sino que su entorno social las veía como responsables de lo que les había ocurrido. Al daño físico y emocional se sumaba una condena moral. Esta vileza se conserva intacta en los últimos mensajes de eta de estos días. Es la herencia inmaterial del vampiro, que se conservará en el aire que respiramos aún durante años. Pero, al final, también eso será historia, es decir, una mezcla de olvido y de reconstrucción del pasado.