Hasta donde alcanza la memoria, la celebración del primero de mayo es una fiesta en decadencia. Los hitos que identificaban a una sociedad democrática en los últimos años de la dictadura se celebraban en la clandestinidad, y su manifestación en la calle era azarosa y peligrosa: pequeños grupos que apenas conseguían reunirse, consignas gritadas, lanzamiento de octavillas, y carreras ante la policía. Una película fugaz que parecía encerrar en sus imágenes una energía incontenible. Tiempos duros para los sindicatos incipientes, que daban cohesión y sentido al mundo del trabajo e impulsaban el cambio político. Apenas legalizadas, las organizaciones sindicales resultaron más fuertes que el sindicalismo. Marcaron las diferencias entre unas y otras y el primero de mayo devino escenario del archipiélago sindical. Las manifestaciones atrajeron a un número decreciente de trabajadores hasta quedar reducidas al acto ritual y desganado que ha llegado a ser.
Durante las últimas décadas, los sindicatos han dado apoyo y prestado servicios jurídicos y sociales a los trabajadores industriales; han oficiado de contraparte en el contrato social y han constituido robustas estructuras burocráticas, pero no puede decirse que hayan sido el ariete de la sociedad del futuro. Cuando el capital financiero decidió dar por concluido el consenso socialdemócrata, los sindicados permanecieron –permanecen aún- paralizados. Un vasto y nuevo proletariado –el precariado– se ha formado y ha crecido fuera del paraguas sindical, que no alcanza a cubrir a los que se ganan la vida como pueden en las nuevas formas de trabajo post taylorista y son víctimas principales de la agresiva (el adjetivo es del ex ministro don Guindos) desregulación del mercado laboral.
Dos movimientos sociales acéfalos y crecidos al margen de la clase obrera sindicada ocupan estos días la calle con objetivos revolucionarios. Los jubilados aspiran a blindar las pensiones públicas y su poder adquisitivo en la constitución. Las mujeres, la mitad de la población, están en la calle para, entre otras demandas, exigir igualdad salarial y el reconocimiento de su aportación a la economía productiva. Los jubilados han conseguido un incremento transitorio de las pensiones que el gobierno afirmaba que era imposible, pero este logro no los ha desmovilizado. A su vez, las empleadas de la limpieza del sector turístico, las kellys, han conseguido la magra victoria simbólica de que el presidente del gobierno las haya recibido en su despacho. Ni jubilados ni mujeres trabajadoras tienen en los sindicatos un soporte decisivo, aunque cuenten con su simpatía. Otro signo de este tiempo de cambios.