El autor de esta bitácora ha estado tres días paralizado, incapaz de publicar una línea, a pesar de los varios borradores ensayados. La mirada absorta en las dimensiones de la conmoción social provocada por la sentencia de la manada e impotente para añadir nada a su propio comentario improvisado cuando se anunció el fallo. Decenas de miles de personas en la calles de la ciudad. Todos los medios ocupados por informaciones y opiniones sobre el tema. ¿Qué se puede decir? Es una de esas circunstancias excepcionales en las que las palabras no pueden atrapar al vuelo la realidad. La íntima podredumbre del país ha dejado entrever sus inabarcables raíces y deja una pregunta de difícil respuesta: ¿es este el país en que creíamos vivir?
La sentencia refleja dos rasgos muy desapacibles del poder judicial. El primero, la falta de consenso básico sobre el bien protegible que es la libertad y la seguridad de las mujeres. No podemos imaginar qué hubiera ocurrido de haber prevalecido los argumentos y criterios del juez autor del voto particular. El segundo rasgo es que la sorprendente disonanacia entre los hechos probados en la sentencia y la fundamentación del fallo parecen encubrir la esperanza de que la resolución definitiva quede en manos de una instancia superior, lo que ocurrirá sin duda en cuanto sea recurrida la sentencia. La mala noticia es que el trámite procesal tiene un tiempo pausado y el fragor de las protestas de la sociedad ya ha llegado a todas las instancias posibles, desde el tribunal supremo, que ha respondido con una reacción corporativa, hasta el gobierno, tan perezoso y renuente de ordinario, cuando no despectivo, ante las demandas de la calle, que ha sentido que debía hacer algo y ha anunciado que estudiará cambios en el código penal, y además con urgencia.
Los parlamentos estancados por las estrategias de los partidos; el gobierno consumido por la corrupción, y los tribunales enfrentados en sus resoluciones a la sociedad. Los tres poderes del estado, desautorizados por los hechos frente a un mar de desafección ciudadana. En este contexto, poco importan, el despegue vertiginoso de don Rivera, la ruina de don Rajoy, el silencio de don Sánchez o las complicaciones pueriles de don Iglesias, todos los cuales transmiten una penosa sensación de ensimismamiento y lejanía de la realidad. La ciudadanía, a través de sus movimientos, asociaciones y mareas, tiene que articular y fortaleces su voz. Venimos de un tiempo de conformismo, narcotizados por la bonanza económica de la era del ladrillo; atravesamos aún un periodo de protestas por el duro castigo que ha significado la presunta recuperación, pero nada sabemos de qué queremos para mañana. Recordamos el pasado, vivimos el presente, pero, ahora mismo, no tenemos futuro.