Café de media mañana en una amable y destartalada tertulia de jubilados en la que se sienta el amigo Javier López de Munáin con aire de buda silente. En medio de la algarabía de ocurrencias, dice: hoy es día del libro. Lo dice con la unción y el secreto júbilo con que los irlandeses evocan el día de sanpatricio y nuestros paisanos el día de sanfermín, pero sin eco alguno. Los contertulios estamos a nuestra bola, desbarrando por mundos imaginarios. Javier es probablemente la persona que, por oficio, más ha hecho por el fomento de la lectura en esta remota provincia donde hasta hace medio siglo el único libro universal era el breviario de misa. Aun jubilado, volvía a la librería que había fundado con otros dos socios y zascandileaba con los clientes que buscaban su consejo y su conversación, cuidando de no quitarse el abrigo para parecer un visitante, pues la inspección de trabajo consideraba esta actividad un fraude a la seguridad social cuando solo era una vocación irrefrenable. No hubo 23 de abril en los últimos cuarenta años en que no se le encontrara en la caseta de su establecimiento, El Parnasillo, ya desaparecido. En estos días, otras dos librerías de referencia en la ciudad han echado la persiana para siempre. El negocio no se ha extinguido, pues otras iniciativas libreras han abierto con mujeres al mando. Pequeños negocios artesanales, como han sido siempre las buenas librerías, a las que hay que desear suerte, si bien ninguno de los aposentados en la tertulia visitaremos hoy sus casetas en la feria.
Otro buen amigo, el hombre más atado a su circunstancia que hayamos conocido, un conservador de pura cepa, anda empeñado en la idea de dejar a sus nietos la herencia de una pequeña biblioteca de libros que deben leer. Cualquiera que sea el listado de títulos, cuesta poco imaginar que estará inspirado, no por las necesidades de los herederos sino por las preferencias del abuelo y quizá también por sus propias lagunas de lectura. Cuando la manda llegue a manos de los jóvenes legatarios, la percibirán como el pecio de un naufragio y con suerte no la destinarán al contenedor de los desechos reciclables. Un tercer personaje de esta historia crepuscular, al que también conocemos, intentó en cierta ocasión ganarse la atención de sus pequeñas nietas prometiéndoles que, quien le diera un beso, heredaría la enciclopedia británica que tiene durmiendo en el último anaquel de su biblioteca. Una estruendosa carcajada de los padres de las criaturas interpeladas acogió el intento de chantaje y hubo quien recomendó a las pequeñas que no besaran al abuelo, no fuera que cumpliese la promesa. Desde entonces, el tipo y la enciclopedia británica se miran cada día como dos viejos amigos que empiezan a detestarse mutuamente. Él le dice a ella, te espera la trituradora de papel, y ella replica, y a ti el horno crematorio.
Ay, que me parto.
Totalmente de acuerdo con Mocho 2.0