La sala de armas de la Ciudadela, de titularidad municipal, es la mayor sala de exposiciones de la ciudad y acoge en sus tres vastas plantas disponibles una muestra de materiales documentales y artísticos procedente del Macba barcelonés y dirigida a ofrecer un relato alternativo, lo que quiera que signifique esa palabra, de los años de la transición. El acopio de obra expuesta es impresionante: audiovisuales, obra pictórica, fotografía, cómic, documentos literarios de prensa y revistas. Quienquiera que haya reunido y articulado esta valiosa colección puede sentirse orgulloso de su trabajo. El título de la muestra es atinado: Gelatina dura. Dura porque es historia, y los hechos que refleja, incontrovertibles; y gelatina porque su significado se escapa por entre los dedos de la memoria. Lo que ilustra es bien sabido. La transición no fue un periodo feliz e indoloro, tampoco transparente y justo. Cada episodio evocado en la exposición revela una fractura, un equívoco, un engaño, una traición, pero todos juntos no conforman el paisaje de lo que fue aquel periodo. No fueron historias escamoteadas, como reza el subtítulo de la exposición, sino de pleno conocimiento público a partir de las cuales la gente organizó su vida, dirigió su voto y aceptó la realidad de acuerdo con sus necesidades y las oportunidades que se le ofrecían, con el resultado sabido.
Es una exposición típica del malestar actual que provoca el llamado régimen del setenta y ocho y de la voluntad de revisarlo a la baja, pero los visitantes del domingo por la mañana, el primer día soleado de esta primavera turbulenta, eran pocos, muy pocos. Sesentones solitarios que paseaban distraídamente entre paneles y pantallas de televisión y se detenían frente a los documentos que resultaban más familiares a su experiencia. Ningún joven presente, ninguno interesado en la enseñanza que pueda recibir de estos materiales de apariencia arqueológica. Este visitante se vio asaltado por un recuerdo personal activado al ver en una de las vitrinas un ejemplar de la revista Ozono, de tendencia anarcoide y marbete contracultural, como se decía entonces, en la que publicó dos o tres colaboraciones al inicio de su carrera periodística. Para esta revista entrevistó al entonces mítico delincuente Eleuterio Sánchez, el Lute, en la cárcel madrileña donde purgaba su postrera condena en régimen abierto. Fue una entrevista anodina y desganada porque el que fuera el hombre más perseguido del país durante la dictadura estaba en fase avanzada de reinserción social y lo último que quería era verse en papel impreso con la deformada y exagerada imagen elaborada de él por policías, jueces y periódicos. ¿Para qué medio trabaja usted?, preguntó el entrevistado al término del encuentro. El alevín de periodista le dio el nombre de la revista y, ante el desconocimiento del ex delincuente, subrayó con la sonrisa de quien espera obtener la complicidad de su interlocutor, es una revista contracultural. El Lute dio un respingo y su cara se tiñó de suspicacia. ¿Contracultura?, dijo, ¿ustedes van en contra de la cultura? El alevín comprendió que se había metido en un inesperado jardín, farfulló una explicación atropellada y se despidió de su entrevistado. Aquello también fue la transición.