Cada catorce de abril emite un destello desde la lejanía de la memoria que aviva momentáneamente un malestar mezcla de deseo, perplejidad, y sobre todo, frustración.  Una estrella que parece no apagarse pero de la que no hay constancia de que esté viva. No queda nadie que pueda contar cómo fue esta fecha de mil novecientos treinta y uno. Los testimonios documentales obtenidos a pie de calle en la época, como el del imprescindible Josep Pla, ofrecen una escena ambigua, incierta, contradictoria. Las reconstrucciones históricas no son capaces de restaurar el aura de aquel momento. Esa es quizá la explicación de que España sea el país con población mayoritariamente republicana donde la república es la hipótesis más remota. La política y la vida civil tienen lugar en un espacio flotante sobre un agujero negro, situado físicamente en el valle de Cuelgamuros, en el que la amnesia es la fuerza gravitatoria principal. No queremos saber cómo fue el pasado y no nos atrevemos a preguntarnos cómo será el futuro. La vida colectiva es un presente continuo, elevado a dogma constitucional por el consenso de la transición. Pero el imperio de la actualidad lleva al quietismo y a la inacción. Don Rajoy y sus modos de gobierno, parsimoniosos y fraudulentos, constituyen el ejemplo más notable e inmediato de esta actitud.

La imposibilidad de la república revela en su subsuelo la imposibilidad de la nación, como demuestra el conflicto catalán, que, por cierto, nace de una república de mentirijillas. El tribalismo de la política, que ahora mismo atraviesa una fase rampante. No hay ningún proyecto que no se traduzca en particularismos, privatizaciones y, por último, en corrupción, que es el cobro al contado del tribalismo político. Los partidos que gestionaron la transición, pepé y pesoe, están amortizados a los efectos de cualquier impulso de futuro y los emergentes, ciudadanos y podemitas,  están enfrascados en la conquista del poder. Los primeros, mediante un zigzagueo oportunista que devalúa sus objetivos y los segundos, en busca de una improbable toma del palacio de invierno en las urnas. La sociedad, entretanto, va dando tumbos y manifestando su insatisfacción, sin obtener respuesta. Acaso sea una situación no muy distinta a las circunstancias en que se desenvolvió la segunda república: régimen monárquico desacreditado, crisis económica internacional, desigualdad social, depauperación de la clase obrera, eclosión de nacionalismos regionales, entorno internacional asediado por los fascismos (o populismos de derecha, como se les llama ahora) y la amenaza de una guerra generalizada que ahora bien podría iniciarse en la orilla meridional del Mediterráneo. Quizá estemos celebrando el advenimiento de la tercera república sin saberlo.