El rehén es un personaje muy devaluado por la historia. En la actualidad, el término se aplica a las víctimas secuestradas por organizaciones criminales que esperan obtener un rescate generalmente monetario por la liberación de su cautivo. Es una situación amenazadora, precaria y desasosegante para todos. Pero hubo un tiempo, no tan lejano, en que el rehén era un instrumento de la diplomacia. Dos reinos firmaban un tratado de paz y el reino tributario dejaba en manos de la contraparte un rehén, generalmente un hijo del rey o un miembro de la familia real, como garantía de cumplimiento de lo pactado. El rehén era tratado con toda consideración, disfrutaba de las prebendas de un hombre libre, dentro de los muros del palacio y de la ciudad, y podía pasar largos años en esta condición sin desdoro alguno ni para él ni para sus guardianes ni para quienes le habían entregado. Todo indica que estamos volviendo a aquellos tiempos felices. El rehén vuelve cuando la delincuencia alcanza tales dimensiones que, bien resulta más fuerte que el estado, o bien se confunde con él. El rehén lo utilizan los cárteles de narcotraficantes para asegurarse del buen fin de las operaciones que realizan en colaboración con otras bandas ajenas, como estamos viendo estos días en una famosa serie de televisión. Pero ya se sabe que el narcotráfico es un estado en la sombra, más fuerte que el estado propiamente dicho y en ocasiones su cómplice.

La globalización ha puesto en evidencia la pequeñez de los estados y la extrema particularidad de sus intereses. Los perseguidos de un estado encuentran asilo en otro y, en esta circunstancia, la armonización de los intereses de ambos estados diminutos bien puede pasar por un intercambio de rehenes. En Suiza, el secreto bancario es como el secreto nuclear en Corea del Norte, un patrimonio nacional, la razón de ser del país y el garante de su independencia. El bienestar de Suiza, como el de Corea del Norte, se alimenta del malestar de sus vecinos. Hervé Falciani es un empleado de la banca suiza que traicionó a su país huyendo con una lista de ciento treinta mil evasores fiscales muy bien acogida por los países del entorno donde fue recibido con honores. En España, la hacienda recuperó trescientos millones fugados gracias a su precioso botín informático. La solicitud de extradición de los tribunales suizos fue desestimada y el héroe de la lucha antifraude quedó libre y se afincó en el país. Ahora ha vuelto a ser detenido por la policía, ante una nueva solicitud de extradición de Suiza, y puesto en libertad bajo vigilancia mientras se resuelve el caso. ¿Qué ha ocurrido para que se produzca este cambio en la justicia española? El inefable ministro del ramo, don Catalá, se ha apresurado a aclarar que no hay ninguna relación entre la detención del informático suizo y la situación de las dos damas del independentismo catalán, doña Gabriel y doña Rovira, refugiadas en Suiza, y si el ministro dice que no hay ninguna relación es altamente probable que alguna haya. Suiza necesita embridar a los burladores del secreto bancario; España, a los saltimbanquis de la unidad patria. En la partida se juega algo más que la sanción de unos delitos incruentos que cuentan con muchos fans en ambos casos; se juega la honrilla de los respectivos gobiernos. Uno no puede mantener a buen recaudo el secreto de sus fondos bancarios y el otro no puede sujetar a los varios territorios de su geografía. ¿No podríamos llegar a un acuerdo e intercambiar rehenes en algún aeropuerto neutral? Según las normas del estado de derecho, por supuesto.

P.S. La resolución de la justicia alemana respecto a don Puigdemont ha devaluado bruscamente el hipotético valor de los rehenes. Es una excelente noticia para todos.