Aberri eguna, día de la patria vasca, que, de acuerdo con el credo católico del partido que lo celebra, tiene lugar cada año el domingo de resurrección de nuestro señor de entre los muertos. Un ejemplo obvio de la traslación de la sacralidad de la religión a la nación, y del carácter mesiánico de los nacionalismos, ya sean propiamente de derecha o, por derivación, se presenten como de izquierda. Este año, sin embargo, la celebración ha tenido un huésped indeseado, uno de esos cuñados que todos preferiríamos que no viniera al cumpleaños de la niña, pero que ahí está, con sus cuitas y sus malos rollos, Cataluña y la aflicción que arrastra bajo el ciento cincuenta y cinco. El nacionalismo es una ideología de naturaleza ensimismada y por definición insolidaria, pero esta vez la decapitación limpia y al parecer indolora del autogobierno catalán, un golpe de katana del ciento cincuenta y cinco, ha activado todas las alertas: la realidad puede vivir sin la retórica superpuesta del nacionalismo. La defensa vasca de su patria ha obligado a la defensa oblicua de otra patria, un gesto que no ha salido gratis al defensor y que el defendido no podrá devolver. La negativa a apoyar los presupuestos de don Montoro y don Rajoy obliga al peeneuve a renunciar al mejor acuerdo económico nunca alcanzado con el gobierno central, en una circunstancia de debilidad de este que no volverá a reproducirse hasta quién sabe cuándo. Nada apunta a que un cambio de ciclo político, elecciones generales mediante, vaya a traer un gobierno central más débil ni más pactista con los nacionalismos periféricos. Lo contrario es más probable. Una vez despiertos los nacionalismos, ¿por qué habría de permanecer dormido el español?
La prueba definitiva del ensimismamiento nacionalista es que no aprenden de las experiencias del otro. Después de cuarenta años de ruta equivocada, jalonada de episodios sangrientos y de quiebras de la cohesión social que aún no se han suturado del todo, el nacionalismo vasco ha conseguido estabilizar la situación y ofrecer una política que manifiestamente es aceptada por la mayoría de la sociedad. El pacto fiscal alcanzado con el gobierno central no solo reforzaba las bases económicas del autogobierno sino que ofrecía una robusta imagen de respetabilidad de la excepción vasca en el contexto europeo. Y mientras esto ocurría en el golfo de Vizcaya, en Cataluña, donde los más viejos del lugar hubiéramos dicho sin ápice de ironía que tenia la más seria y admirada sociedad civil de la península y la más experimentada clase política, se cuece la gigantesca broma del prusés, que consigue arrastrar a la mitad de la población y que ha sumido a la comunidad en un bucle infernal en el que, para que nada falte, tienen hasta una versión catalana (vale decir, soft) de la vasca kale borroka. Algún día habremos de aprender que la primera víctima del nacionalismo es la propia nación.