Nada desconcierta más a los jubilados que las festividades y periodos vacacionales del común, cuando los periódicos traen noticias rancias, del día anterior, y comentarios cansinos, y el espacio urbano del paseo, donde los vejetes reinan el resto del año, se puebla de procesiones, desfiles y familias de criaturas gritonas y padres y abuelos aburridos. Las fiestas del calendario son una premonición de lo que más teme el viejo: la eternidad. Hay que pasar de los sesenta para darse cuenta de lo valioso que es el tiempo finito, en el que vida invade aún los sentidos y ha dejado de ser una promesa. La meteorología es hoy titubeante, lluvia y sol, nubes volanderas que parecen no saber cuál es su misión sobre la tierra y se acomodan a la liturgia del día, entre la aflicción y la esperanza, mientras el cristo permanece acurrucado en el agujero previsto en el guión, a la espera de emerger entre lucecitas y elevarse por la pasarela como una vedette al final de la comedia. Hace décadas que estas celebraciones que vienen del neolítico, de cuando la humanidad descubrió la agricultura y el sedentarismo, han sido secuestradas por la industria del entretenimiento (agencias de viajes, operadores turísticos, centros comerciales), del mismo modo que, un paso tecnológico más adelante, las plataformas digitales secuestran las señas de identidad de los usuarios de internet, el último y menguado patrimonio de su humanidad.
Pero los viejos no tienen nada que ofrecer, ni identidad aprovechable, ni dinero para dejárselo quitar por los operadores turísticos. No tienen más que el pasado, que ya se ha ido. Quizá esa sea la razón por la que algunos vecinos de edad se sumergen bajo un capirote de penitente, o mejor aún, bajo un yelmo de soldado romano para pasar la tarde. La tradición, después de todo, es una forma de renovar el tiempo y combatir el tedio. Entretanto, la realidad se ha desvanecido y la cabeza, en busca de metáforas, se puebla de tonterías. La primera que acude a mientes es la que ve al cristo en don Puigdemont aherrojado en una mazmorra luterana. ¿Resucitará tras la sentencia del juez de Schleswig Holstein? He aquí la cuestión que tiene en vilo a discípulos y adversarios. Desafortunadamente, y al contrario que en la aventura del gólgota, este es un guión aún no escrito del todo, con un final abierto, como dicen los cursis. Es un rasgo de la modernidad la traslación de lo sagrado de la religión a la patria. Así medraron los nacionalismos del siglo veinte. Los curas dejaron de servir a una misión universal y se convirtieron en funcionarios perplejos de las estructuras nacionales a las que pertenecían sus feligreses. España es un caso obvio. Cuando hay una crisis política, aún esperamos a ver qué dice el obispo o, en su defecto, el abad del monasterio benedictino del lugar. En este siglo veintiuno, sin embargo, cuando el vampiro no es drácula sino facebook, religión y nacionalismo presentan estado de ruina. Y en esas estamos, viendo pasar la procesión del santo entierro.