Los seguidores de esta bitácora –gracias, amigos y amigas- saben de las tribulaciones del autor, acosado por el frenesí de las campanas de la parroquia ubicada  al otro lado de la calle donde tiene su domicilio y desde donde se escriben estas líneas. Pues bien, esta mañana el ofendido ha tenido ocasión de tomarse la revancha, se ha pasado al otro lado de la barricada y durante unos gloriosos minutos ha hecho sonar la carraca de la santa iglesia catedral de su pueblo. Hoy, viernesanto, las campanas de la cristiandad han enmudecido mientras dure la muerte provisional y de mentirijillas de dios, pero, como la iglesia no puede dejar de dar la tabarra ni un minuto, el tañido metálico es sustituido por el tableteo de la carraca, un torno de madera dotado con cuatro juegos de mazos que golpean sobre un tablazón cuando se hace girar el mecanismo mediante un manubrio. El escribidor debe el honor de haber sido uno de los operadores del armatoste a la invitación de un su amigo de la infancia, condiscípulo del colegio y convecino del barrio junto al río y bajo el molino, abogado y activista político de izquierdas en su edad adulta, devenido campanero de la catedral a la edad tardía. Un encuentro casual en la calle con él y su cálida bonhomía han llevado a que este escribidor formara parte del grupito de media docena de vejetes de ánimo gamberro dispuestos a arrancar de su sueño al vecindario con un concierto horrísono y en extremo aflictivo, emitido desde una de las torres de la seo.

Los balcones y ventanas de los edificios del casco antiguo de la ciudad, que rodean la catedral, están señalados por un sinnúmero de banderas que identifican las querencias de los inquilinos: republicanas, arco iris, ikurriñas, saharauis, esteladas y demás abigarrados símbolos de disidencia sobre los que esta mañana ha atronado la autoridad mortuoria de la iglesia.  No pregunten la razón del toque a rebato en una temprana hora matutina en la que el vecindario duerme ante la expectativa de un día festivo y las calles están desiertas. No preguntes, solo hazlo. Guau, qué subidón. Un maestro de carraca dirigía el toque, y con leves y sabios movimientos de la mano indicaba el tiempo y los relevos para accionar el manubrio entre los voluntarios, y ahí está el vejete, convertido en jubiloso zeus tonante, quasimodo eufórico, más contento con la carraca del amargo despertar que todo el ridículo gobierno del pepé y su escuadra de legionarios haciendo monerías con el cristo de buena muerte. El poder es poder incordiar a los demás, ¿y qué hay más incordiante que una carraca?