Las palabras, esas piezas diminutas con las que construimos  el puzle imaginario -propiamente un rompecabezas- a través del cual intentamos atrapar la realidad o, en su defecto, enmascararla. Hace un par de días, la buena amistad con Ricardo llevó a este escribidor a una conferencia sobre la soledad en la biblioteca general del pueblo. El ponente era nuestro paisano Ramón Andrés, un escritor y musicólogo de inabarcable erudición, que adoptó para su disertación un tono de voz bajo, uniforme y pausado, como un manantial mínimo cuyo curso no se ve afectado por las rugosidades del terreno por el que discurre, y que obligaba al oyente a aguzar la atención, pero también le permitía desconectarla sin mayor sentimiento de culpa. Tal vez fuera este vaivén de la atención, propio de quien está solo con sus pensamientos,  el que mejor ilustraba la materia de la disertación. Un patio de butacas notablemente nutrido de público atento en el que reinaba una soledad casi absoluta. En esta circunstancia, propensa a las alucinaciones, las palabras –las del conferenciante y las de los intervinientes en el coloquio posterior- adquieren una cualidad física, grávida a veces y gaseosa otras, ya sea como bolas de billar en el tapete o como globos en el aire. Las palabras despegaban de la boca de los hablantes en busca de sentido y, en el mejor de los casos, quedaban como un eco sin respuesta. A veces recordaba el teatro de Beckett. Ya advirtió el ponente que descreía de la comunicación y de sus estrategias y que prefería el silencio, y el que avisa no es traidor.

En esta experiencia, llamémosle zen, las palabras adquieren la condición de abalorios, piezas de bisutería que este escribidor tiene la debilidad de coleccionar. De unos años atrás, acostumbra a dejarse atraer por las palabras que encuentra por primera vez y, en un acto maniático y gratuito, las anota en un glosario del asombro que es como una arqueta de joyas de las que ya ha reunido tres centenares. Las dos últimas, halladas en las últimas semanas, imbele y evertir. ¿Cómo es posible que haya llegado casi a los setenta sin que nunca haya oído o leído estas dos palabras cuyo significado es, sin embargo, de uso relativamente corriente?  A menudo se habla del tesoro léxico de la lengua, pero no de su contrario que es más evidente: el espeso silencio del diccionario. Lo abres y encuentras un muro plagado de signos indescifrables; vas a una conferencia multitudinaria y encuentras la soledad. Y el silencio.