De entre las innumerables miserias que depara el espectáculo de la política no es la menor la que viene contenida en las llamadas comisiones de investigación del parlamento donde un delincuente, a menudo algo más que presunto, encaramado en lo alto de un estrado de respeto chulea a los representantes del pueblo que esperan respuestas como las palomas del parque esperan migas de pan a los pies de la magnanimidad del visitante. Si algo resulta de estas liturgias es un descrédito añadido del parlamento y de la democracia que representa. El perjurio es un delito leve e improbable en nuestra cultura jurídica y los acusados están autorizados a cometerlo ante los tribunales. Y si pueden mentir en una circunstancia solemne en la que se trata de dilucidar los términos exactos de su conducta con consecuencias penales, ¿por qué no habrían de hacerlo con mayor regodeo en un ámbito en el que ninguna consecuencia se espera de sus declaraciones y los interrogadores conocen solo por aproximación y de fuentes indirectas el asunto que se investiga? Ítem más, ¿qué respeto esperan obtener los parlamentarios de un delincuente, más o menos presunto, que se enfrenta precisamente a quienes han permitido su delito? Desde lo alto del sitial que dispone el protocolo, el convocado se dispone a jugar una partida de ajedrez múltiple con un ramillete de contrincantes de los que cree conocer todas las mañas y estratagemas. Los mismos que consintieron su conducta por un déficit in vigilando, para decirlo con la fina fórmula que puso de moda doña Aguirre, ¿se atreven ahora a preguntarle por qué hizo esto o lo otro?

Los convocados a este ceremonial que proceden de la política aún se dignan comparecer a la búsqueda, quizá, de una oportunidad que mejore su situación y les permita justificarse públicamente de un modo que no es de recibo ante el juez, pero quienes no están sujetos a esta circunstancia cortan por lo sano y ni siquiera comparecen ante el parlamento cuando se les requiere. Es el caso del prior o abad benedictino del valle de los caídos, cuando ha sido convocado. Que una cuestión de estado, como es el destino de este monumento a la barbarie, esté en manos de un fray da idea de la clase de estado del que somos ciudadanos. Al final, serán los parlamentarios los que vayan a visitar al abad a su castillo en una reedición de la peregrinación a Canossa. ¿Sabrán nuestros senadores algo de este episodio histórico que se proponen reproducir en clave de farsa, que es como se repite la historia? El prior se ha comportado con la previsible arrogancia clerical de quien sabe que solo responde ante dios del cielo y tanto puede jugar con un monaguillo en la sacristía como encastillarse en su feudo donde los representantes de la soberanía nacional son solo invitados.