Ningún ámbito de la agenda pública ilustra mejor que la crónica de sucesos el sutil paso de la compasión a la venganza. Los sucesos tienen una gramática que todos entendemos y que, aunque sea de manera vicaria, a todos concierne, así que la información campa por las páginas de los periódicos y por los canales de televisión, sobre todo por estos últimos, a chorro libre, sin las constricciones de lo políticamente correcto.  Los episodios criminales son, desde el punto de vista mediático, similares al fútbol. Un juego de pocas y claras reglas en el que participa de una u otra manera mucha gente y cuyo desarrollo genera una gran ansiedad colectiva que terminará en una  descarga emocional incontenible  cuando se resuelva el caso, si se resuelve. En el caso del pequeño Gabriel  así ha sido, y ha faltado tiempo desde que se detuviera a una sospechosa para que una masa de aficionados se concentrara ante el cuartelillo de la guardia civil para pedir su linchamiento. El repetido lema, todos somos Gabriel (o el nombre de la víctima que corresponda), además de falso, es potencialmente inquietante. En estos días se ha podido ver a una familia destrozada por la pérdida de un niño, bajo una insoportable y continuada nube de langosta de cámaras de televisión, periodistas perforando la realidad, comentarios de expertos sobrevenidos, fugaces protagonistas del vecindario, voluntarios sobre el terreno, etcétera. El circo habitual.

La publicidad de estos sucesos puede servir en ocasiones para mejorar la información que lleve a la resolución del caso pero, a medida que pasan los días y se extiende la expectación, los medios se despliegan sobre un paisaje más vasto y profundo, a donde no llega ni el conocimiento real de los hechos, ni el sentido común, ni la buena fe. El globo envuelve a las víctimas y se eleva impulsado por su propio gas caliente. En ese momento, el objetivo de encontrar al pequeño desaparecido no es solo para devolverle la vida a él y la tranquilidad a su familia, sino para satisfacer las emociones artificialmente creadas en un público ajeno al doloroso trance que da lugar al espectáculo. Por fortuna, al parecer, los polis encargados de la investigación están adiestrados para trabajar en esta atmósfera ensordecedora, que sin duda les espolea y les presiona, pero en la que deben mantener fría la cabeza para eludir los equívocos y trampantojos que genera. Si resuelven el caso, como parece que ha ocurrido en esta ocasión, bien, pero si a pesar de sus esfuerzos eso no ocurre, y se han dado bastantes casos en los que la desaparición de la víctima ha sido definitiva, el espectáculo sigue en estado latente, alojado en la memoria y pendiente de un final.

Claro que hay poco de qué lamentarse. La tragedia lo es en el espectáculo, como ya sabían y ponían en práctica los clásicos griegos, que esperaban que el destino del héroe trágico provocara una catarsis en el público espectador, una suerte de liberación a través del horror. Lo ocurrido estos días en los campos de Níjar muestra los componentes de una tragedia arcaica: un infanticidio en el seno de la familia; celos, rencores y usurpaciones encubiertos en el clan al que llega una extranjera. Medea lo hubiera reconocido al instante.