Las elecciones italianas las han ganado los antisistema, se oye decir a los comentaristas. Curioso término este –sistema-, que da lugar a su intrigante antónimo. Parece denotar una estructura intangible, un mecanismo subterráneo que soporta el funcionamiento del mundo tal como lo conocemos y experimentamos, y sobre el que patinan como sobre hielo las contingencias humanas. Las elecciones, por ejemplo. De este modo, el antisistema no  es lo que está en contra del sistema sino las excrecencias de este. Una de las principales dificultades de este tiempo político es lingüística. Carecemos de nociones que nos permitan apresar los fenómenos reales; es el tiempo de los significantes vacíos. Así, sistema es un sustantivo, y antisistema, un adjetivo, generalmente denigratorio. El conglomerado bancario y financiero es sistema y decenas de miles de jubilados en las calles protestando contra lo exiguo de sus pensiones son antisistema. Si dejaran de protestar y volvieran a sus casas, retornaría el funcionamiento ordinario y normalizado del sistema (de pensiones, en este caso).

La dialéctica sistema/antisistema, al contrario que la clásica hegeliana tesis/antítesis, es virtual. En los ya remotos tiempos modernos se enfrentaban proyectos que pretendían abarcar todo la realidad, sus causas y efectos. Capitalismo vs. socialismo, digamos. En la post modernidad se enfrentan talantes. Zp fue el primer político que utilizó esta palabra para identificar su acción de gobierno y lo que parecía un simpático hallazgo semántico era en realidad el marcador del  declive, por ahora imparable, de la socialdemocracia clásica que él creía representar. En las elecciones italianas, lo único claro es que los votantes han hundido al partido demócrata de Renzi, el último destilado de la vieja alquitara bipolar de democristianos y comunistas -derecha/izquierda-, que ha venido gobernando la república desde el final de la segunda guerra mundial. Todos los demás resultados de las urnas italianas están envueltos en la bruma antisistema, en la que también habitan Trump, los gestores del brexit y un sinnúmero de gobiernos de diversos países europeos, que a todas luces no saben para dónde tirar pero que representan la sustitución de una derecha neoliberal, globalizadora, despiadada en sus objetivos y sorda a las demandas sociales por una extrema derecha proteccionista, antieuropea y xenófoba. En resumen, vamos a pasar de la desolada intemperie del sistema a la pestilente madriguera del antisistema.