A la madrugada, las emisiones de televisión tienen un sesgo misterioso, clandestino, y convierten al insomne en un mirón. Es un reportaje de historia. Fragmentos de cine añejo, imágenes titilantes, en blanco y negro, pobladas de figuras irreconocibles, que entran y salen de campo, al que la banda sonora intenta dar sentido. Lo que se cuenta es una anécdota mínima, en sí misma intrascendente, pero también intrigante. Es la historia de una película sobre la vida y costumbres de los vascos filmada en mil novecientos cuarenta y cuatro por un documentalista del aparato de propaganda nazi llamado Herbert Brieger. ¿Qué llevó a los nazis a filmar este documental? El foco se abre para ofrecer el cuadro de la ocupación alemana del país del Bidasoa, un apretado y apacible espacio geográfico de frontera en el que convivían intereses distintos y encontrados cuando los dados del futuro estaban en el aire.
La curiosidad de los alemanes por los vascos era de índole racial y se enmarcaba en una fantasía alentada por ciertos jerarcas nacionalsocialistas, como Werner Best, en la que un cierto número de naciones, racialmente caracterizadas, formarían parte como entidades autónomas y clientelares de un tercer reich unificado desde los Urales a los Pirineos. Los propagandistas nazis andaban a la busca de pueblos auténticos, no corrompidos, que pudieran servirles de aliados y la afinidad que encontraban con los vascos la ilustraba la esvástica, la cruz de cuatro cabezas (lauburu) que forma parte de su tradicional iconografía. En el mismo terreno, pero al otro lado del tablero, estaban los vascos reales, perdedores de la guerra civil, rojos separatistas en la jerga del régimen franquista, aliado de los nazis, que buceaban en la incertidumbre sobre el futuro, de sí mismos y del país, y que, a pesar de su temprana opción por el bando aliado, establecieron contactos con los nazis, precisamente con el mismo Best que había inspirado la realización del documental, empujados por la necesidad de seguridades políticas y alentados por sus propias fantasmagorías ideológicas. Al final, la evolución de la guerra y la correlación de fuerzas en el escenario europeo determinaron el destino de unos y de otros. El documental nazi permaneció oculto e ignorado hasta el año dos mil.
En el silencio y la oscuridad de la madrugada, la historia se ofrece como en el portaobjetos de un microscopio, y lo que se ve es un universo mínimo y agitado, regido por fuerzas incontrolables, en el que los individuos adoptan decisiones azarosas cuya racionalidad es a menudo negada por los hechos. Los personajes resultan ajenos y lejanos, a pesar de que lo que hicieran determina nuestra memoria y nuestro presente. El hijo del documentalista Herbert Brieger, un hombre ya en la sesentena, participa en el reportaje sin poder ocultar la desolación y la pena que le produce el reconocimiento de que su padre hubiera servido a los nazis. Esa mezcla de amor filial y de vergüenza humana mantiene incandescente la lámpara de la historia y es el testigo que reciben los espectadores, sus herederos.