Ningún periodista de cierta edad, en activo o jubilado, verá la película Los archivos del Pentágono sin dejar escapar una lagrimita por sí mismo y por los buenos tiempos idos. Lo que se cuenta en esta historia es el proceso que llevó a publicar en la prensa el informe secreto sobre la guerra de Vietnam que revelaba el engaño que sucesivos gobiernos norteamericanos habían perpetrado con su ciudadanía y con el mundo entero, pues a la vez que perseveraban en la escalada bélica contra ese pequeño país, tenían la convicción casi desde el principio de que la guerra estaba perdida, como así ocurrió finalmente. Durante treinta años, de Eisenhower a Nixon, cuatro presidentes estadounidenses embarcaron al país en una guerra cruel, injusta y disparatada. Cuando el malestar social por ese conflicto interminable empezaba a ser generalizado, la prensa norteamericana publicó los llamados papeles del pentágono, filtrados por un antiguo analista militar devenido pacifista. La publicación de estos documentos tuvo un carácter auroral en el periodismo del último tercio del siglo veinte. Era la revelación de la verdad, con mayúsculas, el nuevo evangelio cívico, y los periodistas que participaron en la operación se vieron a sí mismos (nos vimos todos, vicariamente) como caballeros de la tabla redonda. Los papeles del pentágono y de seguido el caso watergate constituyen la leyenda áurea de periodismo de papel. Ambos episodios inyectaron a los medios una dosis de credibilidad entre el público y de autoestima en los profesionales, de cuyas rentas esta industria ha vivido hasta que la comunicación ha perdido su carácter analógico y se ha hecho digital, es decir, más enmarañada y menos obvia.
Steven Spielberg, el director de la película, ha urdido un relato vibrante, idealizado y, a su típico modo, insufriblemente optimista, que hace pivotar sobre dos personajes que fueron la pareja de periodistas más glamurosa de la época: la propietaria de The Washington Post, Katherine Graham, y el director del periódico, Ben Bradlee. Ante el espectador discurren a un ritmo trepidante, los esfuerzos y ardides de los periodistas para hacerse con la primicia noticiosa, la mezcla de camaradería y competitividad que reina en la profesión, las servidumbres financieras de las empresas periodísticas, el juego de connivencia y tensión entre la prensa y el poder político, las disquisiciones legales para validar la publicación, pero, sobre todo, lo que otorga a la película un cariz de epopeya es la rotativa, quizá la máquina más imponente de la era industrial, el último paso de la producción material de la noticia, con los tipos de plomo, engranajes y rodillos, que esperan el resultado de las deliberaciones de los de arriba para ponerse en marcha. Cuando por fin llega la orden por el interfono, ¡dale!, y el operario pulsa el resorte que pone en marcha la maquinaria, los espectadores saben que han ganado los buenos. Lo que no saben, ni sospechan siquiera, es que una horas más tarde se reanuda la misma rutina para sacar el periódico del día siguiente.
P. S. Para decirlo todo, la película desarrolla un hilo argumental paralelo al principal, que no pasa desapercibido y, en cierto sentido es más interesante que este. Es la lucha de la propietaria del periódico por hacer valer su criterio en un mundo de hombres, que tienden a considerarla incapacitada para llevar los mandos de la empresa. Por último, la decisión, acertada, sobre la publicación de un material potencialmente explosivo, la toma ella, como corresponde a su condición de propietaria de la empresa, pero lo hace en medio de una envolvente presión de sus consejeros legales y financieros, que no dejan de creer que la dama estaba incapacitada para adoptar decisiones ejecutivas. A la postre es la decisión más arriesgada y valiente, pues mientras los hombres que la rodeaban no se jugaban gran cosa en el lance, ella pone en riesgo la empresa familiar. No hace falta añadir que Meryl Streep borda el papel de Katherine Graham.