Nada hay más inquietante que un viejo que no se resigna a la vida que ha vivido, que cree que aún tiene futuro y que confunde los hechos del presente con sus ensoñaciones del pasado. Veamos a los jubilados prebostes del pesoe –don González, don Guerra, don Leguina, don Bono-,  orondos, sabihondos, lustrosos, rotundos, paseados en andas por cónclaves empresariales de los que ahora son empleados y por sets de televisión en busca ¿de qué?, ¿de la voz de la experiencia o de emociones aún más fuertes?, y todos unánimes en instar al gobierno a que aplique ¡ya! el artículo ciento cincuenta y cinco en Cataluña. ¡Rajoy, gallina!, como dicen don Aznar y la extrema derecha. La aplicación del mencionado artículo de la constitución, para que se entienda, significa laminar la autonomía de la comunidad, no solo en la práctica administrativa sino en su raíz política misma. Los españoles somos, además de españoles, catalanes, andaluces, gallegos, murcianos, etcétera, según reconoce la propia constitución. En algunas comunidades este vínculo es más débil que en otras, pero en el caso de los catalanes esta identidad está en la raíz misma de su condición ciudadana, y estos días han dado muestras de ello. En el ánimo de los constituyentes estuvo, en primer término y al mismo nivel, la restauración de las libertades y la autonomía de lo que se llamó nacionalidades, Cataluña en primer término. Si España es un estado de las autonomías es porque nadie se siente completamente español, así que aplicar el artículo ciento cincuenta y cinco sería reducir a escombros uno de los pilares del sistema político del setenta y ocho. Es la razón por la que el dichoso artículo ha permanecido olvidado en el acervo constitucional y nadie nunca ha intentado ni siquiera desarrollarlo mediante ley orgánica, porque es el dispositivo de autodestrucción de la constitución, equivalente al mensajillo que aparece en las películas de catástrofes: este aparato se autodestruirá en cinco, cuatro, tres… Lo que al parecer entiende este senado ambulante de don González et alii es que la cuenta va demasiado lenta.

Lo asombroso es que este concierto de viejunos quiere, en primer término, derruir también al partido que les elevó en el pavés y gracias al cual han vivido como dios en los últimos cuarenta años y aún tienen derecho a la palabra en el foro. La socialdemocracia es un barco que se hunde pero un puñado de pasajeros de clase alta se siente a salvo y encuentran placentero observar cómo se lo tragan las aguas de la historia. La izquierda ha habitado históricamente España en calidad de inquilino, pero algunos de sus dirigentes han oficiado, si no de propietarios del inmueble, sí como administradores del alquiler, y se consideran con autoridad para sentenciar si hay que arreglar las cañerías o derruir un ala del edificio para llevar a cabo lo que hoy llamaríamos un proceso de gentrificación del paisaje político. Por una vez, la insufrible pachorra de don Rajoy juega a favor del sentido común porque no duden de que, cuando tome una decisión, será más próxima a lo que le aconseja imperiosamente este senado, que a lo que desearía la mayoría de la población, al menos la más consciente y progresista, a cuyos intereses debería servir este consejo de ancianos del puño y la rosa.  Por lo demás, tampoco hay que confiar en la sensatez de ese carlista sobrevenido, don Puigdemont.