Si tienes cuatro perras en el banco, el director de la sucursal te llama para venderte un seguro de vida ful del que lo único que se entiende es que tienes que pagar toda la prima a la firma del contrato y, si no te ve muy dispuesto, te intenta vender un smartphone o un plasma. Al final, el joven ejecutivo que se sienta al otro lado de la mesa, en el que no puedes dejar de ver a un atracador, reconoce entre dientes que los intereses del dinero están tan bajos que la entidad tiene que buscar negocio donde puede. La semántica del capitalismo financiero que nos gobierna ha cambiado de sentido. La promesa de enriquecimiento, que era el señuelo psicológico del sistema, ha mutado en amenaza de empobrecimiento. Ya no se trata de ganar más dinero sino de que no te quiten el que tienes. Este pánico que recorre la sociedad está también en el subsuelo del seísmo territorial que sacude España, y que de una u otra manera ha sacudido antes a Reino Unido, Italia, etcétera. Las regiones ricas quieren liberarse de las pobres, del mismo modo que los fondos de inversión se desembarazan de los trabajadores de las fábricas para hacer caja. De los tres lemas que informaron la revolución francesa y el discurso ilustrado, solo está vigente el primero, la libertad, si puedes pagártela, incluso para conducir borracho por la autopista, como postuló en ocasión famosa el sobrado don Aznar, introductor en este país del sindiós que nos gobierna. En cuanto a los otros dos pilares de la democracia, basta echar un vistazo a las estadísticas para darse cuenta en qué ha parado la igualdad; y sobre la fraternidad, que les pregunten a los refugiados, hacinados en la frontera como los pobres de Pérez Galdós en el pórtico de la iglesia a la salida de la misa del domingo.

La política, tal como la entendemos y se practica, no tiene respuestas a este caos inédito. Ni siquiera sabemos qué quiere decir el tópico del estado de derecho. Quién iba a imaginar que nos preguntaríamos si España es un estado fallido. Quién iba a suponer que las elites gobernantes desempolvarían el pensamiento mágico para atribuir la responsabilidad de lo que ocurre a los populismos, las brujas de este tiempo que están en todas partes y ya han anidado en el parlamento. Entretanto, el buen pueblo sigue las consignas que sus líderes escarban en el acervo histórico patrio, fórmulas de hace un siglo para problemas de hoy que nos zarandean sin que consigamos entenderlos. El enardecido orador independentista don Tardá arenga a los estudiantes universitarios de Barcelona, ¡defended la tierra!, como si se dirigiera a sindicalistas de la ceeneté o algo peor, a escuadristas de camisa parda. Al otro lado, despiden a los guardias civiles destinados a Cataluña con el entusiasmo con que despedían a los reclutas que embarcaban a la guerra del Rif: ¡a por ellos!  Mitología carlista, ínfulas imperiales. La memoria histórica de los españoles es un desván destartalado, que patronea un registrador de la propiedad con la pachorra de un buey. Por última vez, el banquero pregunta, ¿de verdad no le interesa este seguro?, mire que, dios no lo quiera, puede pasar cualquier cosa.

P.S. Esta bitácora permanecerá en dique seco unos días por vacaciones de la tripulación. Cuídense del 1-O.