Tengo a mano un volumen de los Ensayos de Montaigne al que apelo en ocasiones para internarme en tal o cual capítulo al azar, pues fracasé hace tiempo en mi intento de leerlo sistemáticamente de principio a fin. No lo leo con la frecuencia que debiera, del mismo modo que muchos enfermos no atienden a la posología de su medicación. Más bien, recurro a él cuando siento el agobio de la realidad predicada por el entorno, esa mezcla de histeria y banalidad de la que un día como hoy nos ha sido servida en dosis masivas. La serenidad, el sentido común y el estoicismo que destilan los escritos de Montaigne, la magnética liviandad de sus disquisiciones, la cálida complicidad que establece con el lector, la templanza de sus juicios, constituyen no tanto un sedante, aunque también, cuanto una potente inyección de autoestima y un estímulo para apreciar el valor de la vida a pesar de sus a menudo insoportables adherencias. Cualquiera diría que el autor fue un ocioso y bienestante burgués que pasó la existencia absorto en la torre de su casa, cuando la realidad fue muy otra. Su época fue la de las guerras de religión en Francia, que incluyeron episodios horripilantes como la matanza de San Bartolmé, y durante su agitada carrera ocupó cargos y tuvo encomiendas públicas, una de las últimas como consejero del rey Enrique IV, que pacificó y unificó Francia. En un tiempo en que la vida humana era solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta, según la conocida sentencia hobbesiana, y la guerra era el estado natural de la sociedad, este personaje archiocupado en toda clase de menesteres encontró tiempo y sosiego para dialogar con los clásicos griegos y latinos (el latín era la lengua en la que aprendió a conocer el mundo desde la cuna) y dejarse llevar de su mano hacia los últimos confines  de la reflexión moral. El resultado fue lo que hoy llamaríamos un fascinante libro de autoayuda. Casi cualquier página de su obra lleva al lector a una situación que le resulta familiar y aplicable a su propia experiencia. Como ejemplo, dos observaciones atrapadas después de asistir a las noticias del día: detenciones de cargos públicos y una cascada consiguiente de declaraciones grandilocuentes:

  • Los castigos que se infligen con ponderación y discreción son mejor aceptados, y con más fruto, por aquel que los padece. Si no, piensa que ha sido condenado injustamente por un hombre agitado por la ira y por la furia.
  • Se han de considerar la prédica y el predicador por separado. Buena baza querían jugar los que en nuestra época quisieron derribar la verdad arguyendo los vicios de sus ministros.

(Extraídas del capítulo treinta y uno, libro segundo: De la cólera).