La historia es la gobernanta del orfanato dickensiano en el que nacemos, vivimos y del que cuanto toca pasamos a la sección geriátrica y morimos. La vida es una rebelión contra las normas del asilo y la conciencia más perturbadora de la muerte brota cuando se advierte la falta de alguien querido mientras el sombrío edificio de ladrillo sigue insolentemente en pie. De ese malestar nace la inquina contra las estatuas y monumentos conmemorativos. Durante un tiempo, nuestra mirada los frecuenta como un accidente inane del paisaje urbano pero, en cierto momento, cobran sentido y aparecen envueltos en una aureola sulfurosa, amenazante, que nos provoca desde lo alto del plinto en el que han sido erigidos, no se sabe por quién ni cuándo. En una época de imaginación pródiga en zombis y vampiros, diríase que mármoles y bronces cobran vida. Así ha ocurrido tras el ascenso del tiranosaurio de cresta color panocha a la presidencia del imperio. La respuesta al atavismo que representa ha sido la destrucción de algunas estatuas como la del general confederado Robert E. Lee, jefe del ejército de los estados esclavistas del sur, que había sobrevivido en su pedestal a los dos mandatos consecutivos de un presidente negro. La iconoclastia parece un lenguaje claro y lineal pero en realidad es la expresión de una enmienda a la totalidad de la historia, que no tiene fin.
La furia que ha dado con el bronce de Lee en el suelo se ha extendido a otros monumentos que recuerdan el origen tortuoso de la nación hasta alcanzar al que, según la convención histórica, se debe su existencia. Cristóbal Colón es el nombre que damos a un brumoso navegante al servicio de la corona española que topó con una tierra que habría de convertirse en la más promisoria del planeta. Lo que vino después es una ilustración de la famosa afirmación de Walter Benjamín: no hay documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie. Las víctimas fueron los nativos americanos y los esclavos africanos. ¿Reparará en algo su destino la demolición de la estatua de quien puso esas tierras en el mapa? No se discute el hecho, pues las estatuas están para ser derribadas más tarde o más temprano, sino su significado. Los indigenistas, como llaman a los autores de estas acciones, imaginan sin duda que la verdad histórica será más evidente si se abate el obstáculo monumental que impide ver el pasado. Pero en el solar donde se levanta la estatua no aparecerán de nuevo las verdes praderas. Es duro y trágico tener en contra la historia, la gobernanta del asilo en el que vivimos.
En las calles de Londres pueden verse tres monumentos, tres grupos escultóricos, que conmemoran, respectivamente, a las mujeres, a los indígenas de las colonias y a los animales domésticos que fueron abatidos mientras desempeñaban funciones auxiliares del ejército inglés en las batallas que libró en defensa del imperio. Los tres monumentos expresan la mezcla de arrogancia y compasión que identificamos tópicamente con el carácter inglés. Desde una óptica actual de feministas, anticolonialistas y animalistas, los monumentos son vejatorios pues ensalzan una época y unas circunstancias en las que los presuntamente homenajeados morían en guerras inicuas a las habían sido arrastrados, despojados de derechos, por un poder ajeno a sus intereses. Pero, al mismo tiempo, ¿no es cierto que murieron haciendo el trabajo que tenían encomendado y merecen ser reconocidos por ello? Ser iconoclasta, a veces, es un empeño mareante.
Supongo que Manuelbear se ha sentido motivado a escribir esta meditación tras haber leído en la prensa la noticia de que, hace unos días, alguien cortó la cabeza a la escultura erigida en honor al padre (ahora “santo”) Junípero Serra en la misión de Santa Bárbara, en California (“Off with his head!”). Sus reflexiones sobre algunos rasgos del carácter inglés (una mezcla de barbarie y finísima humanidad, o, como dice él, “arrogancia y compasión”) me recuerdan el monumento a la paloma Mary, “una de las 32 condecoradas con la medalla Dickin, el equivalente animal de la Cruz Victoria, el más alto distintivo del Ejército británico […], que escapó de las garras de los halcones nazis en varias ocasiones, y logró volar hasta el cuartel general a pesar de las heridas”. El monumento, intacto (éste sí) en unos jardines de Exeter, conmemora la concesión de dicha medalla “for gallantry, for outstanding service between occupied France and England, 1940-1945”.