Agitados como un veraneante asediado por una nube de mosquitos. Así andamos con la llamada memoria histórica, que se ha convertido en un fantasma indomeñable y nos tiene a manotazos a derecha e izquierda para sacudírnosla de encima. Unas veces es ineludible porque topamos con ella en las placas del callejero, en los monumentos, en los edificios oficiales, en la conversación.  La desinfección que se ha venido llevando a cabo no consigue limpiar por completo el paisaje, ni mucho menos a gusto de todos. En otras ocasiones, los mosquitos los llevamos con nosotros, en las costuras del traje. Esto es lo que le ha ocurrido a un ayuntamiento andaluz que ha editado una agenda escolar para su reparto entre la comunicad educativa cuya portada se ilustra con la fotografía de un aula de hace setenta años. Ya impresa la libreta, los promotores de la iniciativa advierten que el aula de aquella época estaba presidida por sendos retratos áulicos del caudillo y del ausente. Espantados ante esta evidencia visual han decidido ocultar estas imágenes con una tosca pegatina. ¿Se puede censurar la historia? Cualquiera que sea la respuesta, lo curioso es que las autoridades municipales encuentren pertinente la imagen de un aula de franquismo hasta el punto de que consideren oportuno utilizarla como imagen de bienvenida al nuevo curso escolar. Hay que ser rarito para encontrar inspiración docente en aquellas aulas gélidas, ocupadas por niños hambrientos y acojonados, pupitres de madera que recordaban bancadas de galera, materiales didácticos escasos y pobres, y maestros improvisados para cubrir la nómina que dejaron vacante los fusilados, desterrados e inhabilitados. Desde entonces, la sociedad no ha hecho otra cosa que huir de ese aula y de lo que significa. ¿Es de buen agüero presentarla como señal del futuro, que es la materia de una agenda? Todo indica que el ayuntamiento de la localidad ha tropezado en los pliegues de su propio boato porque la imagen del escándalo procede del museo de la escuela de la localidad, recién inaugurado el pasado mes de abril, y donde este aula reconstruida tiene sentido y sin duda es exhibida sin tapujos. Los museos documentan los hechos históricos y a nadie se le ocurriría presentar un fósil de dinosaurio al que previamente hubieran extirpado la dentadura para no alarmar a los niños que dan clase de ciencias naturales.