Llueve. Es el cambio climático. Nunca, hasta donde podemos recordar, se ha mirado en la ciudad tanto y con tanta ansiedad al cielo. La proliferación de artefactos digitales portátiles que ofrecen información meteorológica al instante ha tenido que ver con esta afición que ha convertido al hombre del tiempo en un personaje inquietante, cuyo vaticinio escuchamos con el propósito de hacer lo que sea necesario para evitar los males que anuncia. El tempero nos tiene acoquinados. El urbanita percibe cada nube como una amenaza cósmica. Ni siquiera queda el consuelo de creer que la lluvia sirve para regar los campos porque las frutas y verduras que llenan los mercados de abastos fuera de temporada vienen de países muy lejanos. Los viejos del lugar aún podemos recordar un pasado no tan remoto en el que Mariano Medina era uno de los innumerables personajes bonancibles y tranquilizadores que poblaban la tele en blanco y negro. Hoy, ningún hombre del tiempo se permitiría su laconismo coloquial al dar el parte de sol y lluvia. Sus sucesores en el cargo adornan el mensaje con infografías y planisferios muy vistosos que evocan la serie Crepúsculo, en la que debajo de esos personajes tan atractivos y sus fantasías multicolores hay vampiros.
Tanta aflicción tiene un nombre: cambio climático, la clave maestra para explicar nuestras cuitas meteorológicas. El cambio climático es el mito (lo que no quiere decir que sea una falsedad) que colorea nuestro ánimo ante el futuro. Que mute el clima, es decir, la rutina de las estaciones y sus efectos, es la versión posmoderna del diluvio bíblico, y, como entonces, no sabemos ni queremos creer que es por nuestra culpa ni si podremos sobrevivir a sus manifestaciones. El entorno físico en el que ha crecido la vida en este planeta -el aire que respiramos, la luz que recibimos, el agua que bebemos- se presenta zarandeado como un trapo al viento entre la evidencia científica y el terror mítico. La ciencia aún es insuficiente para crear un consenso universal y una respuesta unívoca, y el mito cumple funciones consoladoras pues justifica el fatalismo y nutre la esperanza de que, quién sabe, quizás nosotros, precisamente nosotros, seamos llamamos a formar parte del pasaje del arca de noé. Entretanto, el huracán arrasa a lo lejos islas, costas y tierra adentro del Caribe y del golfo de México. ¿Aviso del cielo o catástrofe previsible? Es difícil decirlo porque se ha abatido sobre la parte del planeta donde se ensamblan al parecer en armonía la fe en dios y sus ángeles y la tecnología de última generación. El país que azota la adorable pareja de ancianitos Harvey e Irma acoge las universidades y centros tecnológicos más distinguidos del mundo pero sus gentes han elegido a un paleto pendenciero y voraz para que los gobierne. ¿Cambio climático o estupidez congénita? No terminaremos de saberlo antes de que la ola definitiva nos anegue a todos.