Crónicas agostadas 14
La tarde del domingo sobrevuela al lector enfrascado en un volumen de crónicas de la política española de hace dos décadas. Está escrito en mil novecientos noventa y cinco, es decir, la víspera de la caída del socialismo felipista y de la llegada de la entonces nueva derecha con don Aznar al frente. En la capital del estado, la atmósfera estaba saturada por las emanaciones mefíticas de dos cloacas: la consabida corrupción crónica, que en aquella ocasión llevó a la cárcel al gobernador del bancoespaña, y por el impacto que tuvo el conocimiento público de la guerra sucia del gal, que quedará para la historia como la de la cal viva. Después de algunos intentos baldíos por salvar los muebles tras las elecciones de mil novecientos noventa y tres, don Felipe estaba acabado y un rumor de fronda anunciaba la conquista del poder por el refundado e inédito pepé. Eran días de incertidumbre en la clase política y periodística. Entre los personajes a los que el autor de la crónica entrevista en busca de las claves de la situación, está don Ruiz Gallardón, a la sazón rutilante vencedor de las recientes elecciones regionales de Madrid y presidente de esa comunidad, que entonces fungía de impecable liberal. El entrevistador se muestra interesado por la aureola de representante de la derecha civilizada que envuelve al personaje al que califica de hombre 10 y le pregunta dónde está la derecha sin civilizar cuya existencia se induce de la multitud de lápidas, nombres de calles y otras muestras de homenaje público, que recibe Franco, sus seguidores y sus hazañas, a lo que el interpelado responde: “no hay que confundir las inercias con las iniciativas, no creo que hoy exista una derecha no democrática que considerar”. El diálogo entre el autor y el entrevistado sigue durante unas cuantas páginas más sin acuerdo entre ambos pero la atención del lector se ha detenido en esa fascinante disquisición entre inercias e iniciativas, que parece sacada de un tratado de retórica del barroco, una voluta lingüística destinada a ocultar, no los hechos, que son ineludibles, sino el agujero negro que deja la falta de la verdad. Pasaron los años y don Gallardón, acaso el político intelectualmente más deshonesto de la segunda mitad del llamado régimen de la transición, y ya ministro, promovió una tenebrosa legislación sobre libertad y salud reproductiva que de haberse aprobado hubiera devuelto a las mujeres españolas a la casa de Bernarda Alba. Hace unas semanas, algunos individuos afectos a esa derecha no democrática que no existe, hicieron ostentoso acto de presencia en el entierro del suegro del sedicente liberal. Obviamente, el canto del caraalsol y los saludos a romana que acompañaron al féretro fueron una inercia y no una iniciativa. Veinte años después.