Don Montoro ha anunciado que no puede rebajar el impuesto de la renta porque hay que tapar el agujero financiero de las autopistas radiales de madrí. Una sola vez, hace unos años, quien esto escribe enfiló por una de estas autopistas por la que se vio circulando completamente solo. Ningún vehículo en su dirección ni el la contraria. El puesto de peaje, fantasmalmente vacío. El viajero no negará que le invadió un repelús análogo al que padecen los protagonistas de Stephen King en las primeras páginas de la novela. De modo que puede decirse que estas autopistas fueron diseñadas desde el mismo origen para hacer temblar a los conductores o a sus bolsillos. El automovilista mencionado más arriba ya había experimentado la circulación en solitario por una autopista cuando hace aún más años rodaba por la que lleva el nombre de la provincia desde la que escribe y que entonces terminaba en un idílico prado con vacas lecheras. Más tarde, esta autopista de pago se prolongó con una autovía gratuita hasta el mar, que era su destino natural, interrumpido durante dos décadas porque el negocio había precedido al bien común y a la racionalidad económica. Las obras del nuevo tramo fueron objeto de ataques con explosivos de la banda terrorista de turno y de paso se convirtieron en una mina de ingresos para propietarios de terrenos, políticos, empresas constructoras y guardianes del orden público, pero se construyó al fin y los de tierra adentro pudimos bañarnos en el mar. Entre nosotros las autopistas no son una señal de progreso sino de regreso. No anuncian el futuro sino que se despliegan sobre lo peor del pasado. Las radiales de madrí llevan en su contrato de concesión una cláusula que obliga al estado a subvenir las pérdidas de las empresas concesionarias en caso de que no se cumplan sus planes de negocio. En realidad, estos planes de negocio se cumplen porque, primero, el estado indemniza caudalosamente a los propietarios de los terrenos expropiados, segundo, paga sin pestañear los sobrecostes, justificados o no, de las obras a las constructoras, y por último, se hace cargo de las pérdidas de explotación que ya eran previsibles si el llamado plan de negocio no hubiera sido un fraude desde su misma maculada concepción. Los beneficiarios en las tres fases suelen ser los mismos individuos y las mismas familias. Que a la operación se le llame rescate de las autopistas ya indica que estamos tratando con corsarios. Y ahí está don Montoro, que no puede cumplir con el mandato liberal de bajar los impuestos que le exige don Rivera, y en el que tan férreamente creen ambos, desolados como un católico que no puede ir a misa el domingo. Las autopistas son el paradigma del embrollo neoliberal porque no se puede saquear al estado a la vez que se le priva de ingresos. Si las grandes corporaciones tienen que vivir como dios, la ciudadanía tiene que pagar impuestos, y si la ciudadanía no paga, se deja de echar cemento y se detiene el progreso. Es la contradicción de nuestro modelo productivo, como se dice ahora, desde los pantanos del generalísimo. En la provincia desde la que escribo (y que debiera declararse parque temático de la democracia del 78 porque hemos tenido de todo) hay ahora mismo un debate abierto sobre esta cuestión, a propósito del tren de alta velocidad y la continuidad de un monumental canal de riego agrícola que recorre la provincia. Una buena parte del arco político ha hecho de estos asuntos causa identitaria. Traidor a la patria el que no quiera cemento. Es la base de los planes de negocio de las obras públicas.
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