Las únicas noticias que el lector escruta con afán de hermeneuta son las que hablan de la corrupción, cuya lectura le recuerda el forcejeo con los textos latinos de la Guerra de las Galias en el bachillerato. El resultado es que consigue descifrar, con suerte, la literalidad del texto pero no su significado. La gramática de la corrupción, como la del latín, tiene un carácter ensimismado, del que solo se puede extraer el conocimiento de la propia gramática, sin que sean apreciables sus efectos ni sus consecuencias. Es un lenguaje que se repliega sobre sí mismo, solo pour les connaisseurs. Por eso es tan admirable el trabajo de la guardia civil que consigue trasladar el lenguaje de la corrupción a otro código, en este caso el código penal. El lector encuentra esta mañana el relato del último pufo del que dan noticia los medios, el de la empresa Zed. De inmediato, aparece en la trama un término recurrente en esta jerga: empresa pantalla. ¿Hay algo más contradictorio a la noción tradicional de empresa que una pantalla? Lo que en el lenguaje convencional es un organismo complejo, flexible, actuante con el entorno, se convierte en este contexto en una noción bidimensional, plana, reflectante y por definición opaca. La empresa pantalla es al lenguaje de la corrupción lo que el caso gramatical es al lenguaje en general: el marcador formal de un elemento de la oración que fija la función de este elemento en el relato. Si encontramos una empresa de la que nadie sabe para qué sirve es que estamos ante una historia de corrupción, del mismo modo que una partícula o un acento de la palabra nos indica la posición en el relato del elemento que designa . Sigamos leyendo, pues. La historia que se nos cuenta en el caso Zed es la de una prometedora empresa tecnológica española -puntera, como se dice ahora-, que en determinado momento de su próspera evolución se alía con unos socios rusos, los cuales desvían parte de los fondos de la empresa para satisfacer las mordidas que deben al hijo de un ministro de Putin, mientras los propietarios españoles obtienen subvenciones fraudulentas del gobierno y ponen a buen recaudo el capital en un paraíso fiscal; los socios españoles y rusos pelean entre sí y por último la empresa se hunde y sus propietarios terminan en la cárcel. Repasemos los marcadores del relato: empresa tecnológica, capital internacional, subvenciones fraudulentas, comisiones ilegales, piratas informáticos, saqueo de fondos y evasión fiscal; en resumen, innovación tecnológica y mercado global -los fetiches de nuestro tiempo- al servicio del crimen organizado desde la misma cúpula del estado, sea español o ruso. El lector asiste a estas noticias con el mismo ánimo –sorpresa, frustración, ira- que el de un legionario romano que leyera la noticia que da Julio César de la guerra de las Galias. Con razón decían nuestras abuelas de los sinvergüenzas, esos saben latín.