Don Zapatero y don Rubalcaba asistirán este domingo al cónclave del pesoe que entronizará a Sánchez, al que ambos procuraron evitarle este momento de gloria, y no se sabe si acudirán para aplaudir o para ser aplaudidos, si para vigilar o para ser vigilados. Los dos invitados son responsables de los antecedentes de la crisis socialista que, se supone, Sánchez viene ahora a reparar por vehemente mandato de la militancia. El primero porque claudicó ante los cíclopes a los que llamamos mercados y puso en almoneda la soberanía financiera de la nación, y el segundo porque perdió la millonada de votos de la que luego quisieron hacer responsable a Sánchez para justificar su destierro. Nada hay más pegajoso que un ex de la política española; cuando crees que se han ido porque así lo han dicho con énfasis y un punto de fastidio en la despedida resulta que aún están ahí. En las democracias que imaginamos más avanzadas y menos familiares, los ex no tienen más patrimonio que lo que hicieron bajo su mandato, al que extraen algunas rentas adicionales a través de conferencias ante públicos selectos, libros de memorias, consejos de administración en los oligopolios, carguetes de representación en gaseosas instituciones supranacionales y otros ganapanes de mayor o menor enjundia. Pero, en general, no se les encuentra en los saraos de la familia ni es noticia su asistencia. Aquí, por alguna razón, ejercen una suerte de tutela vampírica sobre el partido hasta el punto de que la noticia suele ser que no estén. Dos ejemplos recientes que ocasionaron un desproporcionado ruido mediático: la ruptura de don Aznar con el pepé y la de don Corcuera con el pesoe. El primero es inolvidable pero ¿alguien se acuerda de quién fue don Corcuera? La intervención del nuevo portavoz del nuevo pesoe en el reciente debate de la moción de censura se atuvo al guión con una mortecina y obligada relación de las miserias del gobierno, que era la materia que los tenía reunidos, y una especie de cortejo de buen rollo con los promotores de la censura para justificar la abstención final; esto último ha sido lo más comentado pero la parte visiblemente emocionante para el orador y los diputados de su bancada fue cuando confesó lo que amaba a su partido, lo mucho que quería a todos sus miembros a pesar de las diferencias que se manifiestan en ocasiones ¡y tanto! Quienes ingresan en política lo hacen, en la mayoría de los casos, para seguir una carrera profesional y su comportamiento, como mínimo, debe ser el de un buen y leal empleado. ¿En qué momento la disciplina y el trabajo se derraman en una común efusión de afecto? En las empresas mercantiles suele acontecer en un ágape o festejillo prenavideño; en los partidos, el momento familiar por excelencia es el congreso.