Trece y martes. Los voceros gubernamentales ya han adelantado algunas gracietas a propósito de la fecha, que ellos mismos han impuesto. El resultado aritmético de la moción de censura está descontado y lo que cuenta son los efectos políticos que tendrá el debate en el inmediato futuro. De los dos antecedentes de este tipo de iniciativa registrados, el primero sirvió en 1980 para entronizar a Felipe González como creíble candidato a la presidencia del gobierno y el segundo en 1987 hundió al promotor en busca de visibilidad -un tal Hernández Mancha del que nadie se acuerda excepto quizás porque ha aparecido recientemente en los papeles de panamá– y convenció a la derecha de que tenía que renovar la marca. El pepé salió de este fiasco. Así que Iglesias y podemos ya pueden contar con que se la juegan en alguna importante medida. La moción de censura es un instrumento parlamentario que el régimen constitucional español, diseñado para blindar al gobierno, hace inoperante en su objetivo principal –el cambio de gobierno- de manera que sus promotores deben esperar frutos de sus efectos colaterales. Iglesias ha demostrado ser un cabecilla guerrillero muy hábil en ataques relámpago, pero todavía no se ha medido en el asedio de una fortaleza, que tiene las almenas melladas pero está aún lejos de estar tomada, y en el empeño estará algo peor que solo, en compañía de los malos preferidos del establecimiento político, los independentistas vascos y catalanes. A Iglesias y a Montero les espera una jornada muy dura. El pepé hubiera preferido tomarse a broma la moción y los chistecillos segregados por sus portavoces en los días previos así parecía indicarlo, aunque también podrían ser muestras de nerviosismo, pero la corrupción en la que están enfangados y que va a ser la munición principal de los asediadores aconseja tomarse en serio el lance. La merdé provocada por la cerril y tabernaria estrategia adoptada por el pepé madrileño en la moción contra Cifuentes la semana pasada enseña a no repetir el espectáculo. En Madrid, la candidata y su propuesta de gobierno resultaron invisibles en la niebla de la bronca pero los autores de la moción no perdieron el envite. Si finalmente mañana participa en el debate Rajoy será porque cree que puede apuntillar dialécticamente a Iglesias y, como consecuencia, lanzar un mensaje de fortaleza y complicidad a ciudadanos y pesoe, dos fuerzas decisivas en cualquier fórmula de gobierno que mañana permanecerán inertes en el burladero a la espera de los réditos electorales que puedan salir de los jirones de piel que se dejen los contendientes. Iglesias va a contar con pocas simpatías en el hemiciclo. En realidad, va a estar solo ante el peligro, lo que se puede apostar a que le gusta. Si consigue dominar el ambiente adverso, que se manifestará a la menor oportunidad, fijar un mensaje claro y evitar que los oradores gubernamentales, incluido Rajoy, se hagan con la palma del debate, podrá decirse que la iniciativa ha valido la pena.