Primer día de piscina a cielo abierto en este verano precoz. El bañista sigue una rutina decantada de años anteriores. Después de ataviarse con el calzón de baño se sienta en un murete de cemento de unos treinta centímetros de altura que marca el límite del césped que rodea la pileta, sembrado de otros bañistas, y lee un libro que ha traído consigo mientras el sol le acaricia la espalda antes de darse un chapuzón. La primera distracción en la lectura le hace advertir que está despatarrado: los antebrazos se apoyan en los muslos y las rodillas están separadas. Tras un instante de confusión, levanta los brazos con el libro en las manos, alza y yergue el tronco y junta las rodillas. El resultado es una posición no solo rígida sino hierática, como la de las estatuas sedentes del antiguo Egipto. Y ahí está el bañista, como un estirado faraón contemplando a sus pies al pueblo que ocupa el césped del recinto, todos y todas despatarrados como corresponde a la circunstancia de tiempo y lugar. El despatarramiento se ha apoderado del magín del bañista, porque la lectura ha dejado de interesarle. Los hombres, se explica a sí misno, sabemos que nuestra forma habitual de sentarnos es con las rodillas separadas y, a pesar de que no se puede considerar una postura elegante, es para evitar que los muslos presionen desagradablemente sobre el aparato reproductor externo, como el propio bañista experimenta en ese momento en su pose de deidad egipcia. Mientras la visión del despatarramiento quedaba en el ámbito de la percepción masculina, no había problema: los machos nos despatarrábamos. Ahora, como tantos otros aspectos de la vida pública, la cuestión ha incorporado la visión femenina. Curiosamente, para el bañista la primera señal llegó hace unos meses del mundo islámico chií. En la película El viajante, del director iraní Asghar Farhadi, el protagonista toma un taxi compartido con otros viajeros y la mujer que iba a su lado en el asiento de atrás exige cambiarse al asiento del copiloto. En el pudoroso cine iraní la causa de esta perentoria demanda no se explicita pero no puede ser otra que el despatarramiento del hombre que iba a su lado. Más tarde en la película, un diálogo entre hombres aludirá al suceso y se apuntará una posible agresión sexual sufrida por la mujer como la causa de su comportamiento. El otro mensaje es público y notorio: el ayuntamiento de Madrid incorporará advertencias contra el despatarramiento en el transporte público. El argumento es irreprochable, el viajero despatarrado ocupa un espacio adicional que quita a sus vecinos, y sobre todo vecinas, de asiento, pero la misma lógica se podría aplicar a los obesos y a los sobrecargados de equipaje de mano, de los que nada se dice. Lenta pero inexorablemente, la igualdad de género va llegando al meollo de la cuestión: el espacio público dedicado a los genitales, sea cual sea el género al que representen, debe ser igual para todos/todas. El machismo, como todas las ideologías frágiles, hace alarde de fuerza de lo que solo es debilidad, y así, una medida postural para cuidar de la parte más vulnerable y doliente del varón se convierte en un obsceno alarde al que van a empezar a poner coto. En el pecado llevamos la penitencia. El bañista empieza a sentirse incómodo sentado porque no consigue mantener juntas las rodillas y se levanta para lanzarse a la pileta.
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