Los espectadores del vídeo pueden creer que están ante la ejecución de un asesinato, o ante un atentado terrorista, para decirlo con un referente que nos habita estos días, en todo caso ante un hecho de extrema violencia y radical injusticia. Los alaridos de la mujer son atroces, insoportables, pero el mensaje que destila su voz es nítido y alude a otra forma de violencia. También la imagen del vídeo es extrañamente estática: lo que se ve son las piernas de innominados sujetos que están en una cola, una de las proliferantes filas de ciudadanos a cuyo término está, o debiera estar, la solución al problema de quienes la forman. Lo he perdido todo y tú me dices que no ha pasado nada, aúlla la mujer con indescriptible ira. De inmediato rompe en llanto y explica, como si quisiera explicárselo a sí misma, que ha perdido un millón de euros que heredó de su marido y ahora, dice, no tiene nada. He perdido un millón de euros y tú me dices que no ha pasado nada. El contexto de la escena ayuda a explicar su significado. La mujer doliente es una accionista del banco popular que invirtió, al parecer, la herencia de su marido en acciones de la última ampliación del banco, un año atrás, cuando dirigentes de la institución, agencias reguladoras y autoridades financieras ya debían saber que el armatoste se iba a pique pero prefirieron sostener el engaño para mantener lo más posible sus emolumentos, seguros de que la catástrofe no les alcanzaría. El interlocutor de la mujer que lo ha perdido todo es el jefe de la sucursal que le indujo a la inversión, por lo que seguramente cobraría una prima, y que tampoco quiere cargar ahora con el marrón, de modo que la amenaza con llamar a la policía, que es el tratamiento que se aplica a los pobres cuando creen tener derecho a no serlo y además lo dicen en voz alta. Un millón de euros no es una cifra que esté en el bolsillo del común, ni mucho menos, pero tampoco es equiparable al patrimonio de los grandes del dream team financiero del país: por ejemplo, los inconstitucionales mangantes beneficiarios de la amnistía fiscal de don Montoro y don Rajoy. Un millón de euros es clase media, una franja social de la que nadie está interesado en describir sus límites y a la que todos creemos pertenecer, pero que ahora está a merced de los bárbaros. ¿Qué ocurre cuando una maruja se convierte en clase media por una herencia? El pueblo ha tenido enfrente tres enemigos tradicionales: el ejército, la iglesia y la banca. El primero parece definitivamente neutralizado, la segunda es una enfermedad crónica, pero la banca, debido a los tratamientos hormonales de las últimas décadas, es ahora mismo un peligrosísimo tiranosaurio. Hace, digamos, medio siglo, nuestros mayores no entraban en un banco si podían evitarlo, del mismo modo que evitaban el despacho del notario o el cuartelillo de la guardia civil. Yo aún me guío por estas cautelas. Los ahorros de la cartilla eran entonces residuales y el crédito inexistente. Los intereses eran muy altos y la expectativa del desahucio en caso de impago, una amenaza tangible. La lavadora y la tele se compraban al contado con el dinero guardado en el calcetín. La hipoteca del piso era una argolla para toda la vida que necesitaba el paliativo de un empleo estable y seguro. La tóxica noción de banca popular (o peor aún, banca cívica, un invento semántico especialmente siniestro de un tipo de mi pueblo con el que aún me cruzo por la calle) es relativamente reciente. La plebe se vio de pronto elevada a la clase media por una lluvia de dinero que costaba entender que salía de los propios bolsillos de quienes lo recibían; los bancos parecían instituciones asistenciales, y clientes y pequeños inversores se acercaban a la ventanilla confianzudos y expectantes. Nadie quería creer que entraba en un casino con la ruleta trucada, y así fue posible la estafa masiva de las preferentes y ahora la de las ampliaciones del banco popular. La mujer doliente aún puede esperar que los tribunales obliguen a restituirle parte de su inversión. En ese caso, el dinero saldrá del bolsillo de los que nunca heredan un millón de euros, que no frecuentan los bancos y sus ofertas de tres por uno, pero no pueden escapar del fisco, ni constitucional ni inconstitucionalmente.
P.S. En la imagen, monumento a Ghandi en el Paseo de la Castellana de Madrid, centro financiero del país. ¿Alguien puede fiarse de un banco que ostenta en la puerta a Ghandi?