Las conclusiones que pueden extraerse de las elecciones británicas no son las que preveía quién las convocó. Doña May no dispondrá de un gobierno strong and stable, como pregonaba, sino débil y dependiente: De hecho no está descartado que le resulte imposible formar gobierno. Las soluciones a la derecha, con ser mayoritarias todavía, están en declive. A los analistas o a los simples mirones, como quien esto escribe, nos cuesta entender lo que está pasando. Funcionamos con una lógica binaria que está en crisis, incluso en el Reino Unido, donde la alternancia bipartidista, favorecida por el régimen electoral mayoritario, ha sido la regla de oro del funcionamiento del sistema. Ahora, hay varios partidos en el parlamento de Westminster, y todos cuentan a la hora de formar gobierno. La izquierda está despertando y presiona sobre el poder establecido por la creciente incorporación de los jóvenes, que necesitan ganar el futuro y aportan entusiasmo, creatividad y entrega en las campañas. Todavía no han encontrado la fórmula que los entronice en el poder, pero un rasgo común de este movimiento ascendente se manifiesta en que es más importante, vigoroso e imprevisible que sus líderes. Ni Corbyn en Inglaterra, ni aquí Sánchez o Iglesias, dominan con su carisma el campo político que los ha elevado al liderazgo. La articulación entre el líder, el partido y la sociedad que les vota es un desafío vigente. También en la derecha. Doña May se empeña en parecer una caricatura de la dama de hierro pero ¿qué sentido tiene posar como una estatua de bronce cuando el suelo se mueve bajo los pies? Este seísmo es una contingencia inesperada que la derecha, y en general la vieja política, no consigue ni entender ni en consecuencia gestionar. Don Tancredo Rajoy también empieza a ser víctima de estos temblores subterráneos que vienen del empecinamiento de querer ser la solución del problema cuando se es el responsable de haberlo provocado. Cada decisión se convierte en una pifia de imprevisibles consecuencias: desde el brexit hasta la liquidación del banco popular. Las elecciones británicas han puesto de manifiesto la ceguera de los conservadores, su estúpida arrogancia cebada en años de navegación sobre la ola del dinero, ya fuera legal o ilegal. Una ceguera que aquí pudimos experimentar el mismo día en la moción de censura contra doña Cifuentes. Incapaz de reconocer la hedionda carga de corrupción que lleva a su espalda el pepé, sus portavoces derivaron en una defensa del fortín filibustera y tabernaria. Ni los laboristas británicos ni los podemistas madrileños han vencido en este envite, pero tampoco han perdido.
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