No es nada la devaluación que ha sufrido el trabajo y los bienes y servicios que produce para lo que se ha devaluado el dinero mismo, la unidad de medida de los precios y en consecuencia de todo lo que hacemos y somos. Si doña Botín puede comprar el banco del opus dei por un euro, ¿cómo no va a comprar gobiernos, medios de comunicación, testaferros, lacayos y clientes a precio de nada? El mundo está en almoneda y doña Botín et alii son los distraídos adquirentes de la oferta. Hay algo de irreal y obsceno en la adquisición de un notable patrimonio de oficinas, empleados, clientes, créditos, cartera de valores y años y años de trabajo y confianza social por un puto euro, el mismo euro que le echas desganadamente a la escudilla del mendigo arrodillado en la esquina de tu casa. Aunque, si bien lo piensas, el efecto es análogo: accionistas y empleados del banco naufragado han pasado de la noche a la mañana a la mendicidad y su futuro depende, no de un contrato, ni de los ahorros acumulados ni de un derecho adquirido, sino de la magnanimidad del nuevo dueño de la que fue su casa. Lo ilustrativo de esta operación de raque es que puede presentarse como una acción patriótica, casi filantrópica, pues cualquier otra alternativa respecto al pecio desvencijado que la marea loca había empujado a la playa hubiera exigido la intervención del estado y la escarba consabida en los bolsillos de los paganos contribuyentes. De este modo, doña Botín ha salvado las cuentas y los cuentos de don Guindos y don Montoro, a la vez que se ha hecho un poco más rica. No es la primera operación de este tipo de la que somos testigos desde que vivimos en la costa de los piratas. Hace unos pocos años, y ya parece una eternidad, el otro tiranosaurio de la banca española compró a precio de saldo un conglomerado de cajas de ahorro entre las que estaba la caja  provincial de este remoto territorio subpirenaico desde el que escribo. El resultado fue que el gobierno regional se quedó sin su instrumento financiero, merced a la concienzuda acción de los propios agentes del gobierno puestos al frente de la caja, que engordaban su bolsillo a medida que aumentaba la anemia de la institución. El asunto aún anda en los tribunales porque el proceso previo a la adquisición de la caja pudo estar trufado de engaños y estafas, que parecen el componente básico de las finanzas de este tiempo de corsarios. Y ahora viene la consecuencia política. Los mismos que derruyeron la caja de ahorros de mi pueblo y la entregaron a precio de baratillo al mejor postor convocaron la semana pasada una manifestación en defensa de la bandera provincial, con gran éxito de seguidores. El estado actual consiste en cambiar euros por trapos, y, a menos euros en el bolsillo, más grande la bandera que nos envuelve (y que se fabrica en China). A eso lo llaman populismo, cuando lo hace el adversario.