La monarquía es una ficción interpretada por actores muy buenos y muy competentes en lo suyo, que se baten a brazo partido por mantener en cartel la función, como un divo de ópera o una estrella de cine harían para no ser desalojados del reparto. La monarquía es también un arte arcaico, medievalizante, cuyo desempeño es competencia familiar y cuyos roles se transmiten de padres a hijos, de una generación a otra, por vía sanguínea.
La leyenda del rey conseguidor
Por lo demás, comprobó que, por el módico precio de unas pocas apariciones en público para recibir unos aplausos gratuitos, podía hacer lo que le daba la gana: los magnates le llenaban los bolsillos, las mujeres se metían complacidas en su cama, la policía velaba por sus correrías, y los aplausos del pueblo no cesaban.
Los leales
Hay un cierto tipo de individuos bastante frecuente en los segundos escalones de la política y de la administración que tienen a gala una lealtad perruna y operan fascinados por la figura del jefe que les ha otorgado la encomienda, como un conejo ante los faros de un automóvil.
Pronunciamiento
Muy chungo tiene que percibirse el futuro de la monarquía española si su defensa requiere la movilización de esta guardia pretoriana de vejetes libres e iguales, y desocupados, habría que añadir, la mayor parte de los cuales con seguridad ni siquiera ha hecho la mili.
Un tal ‘leguá’
El rey es el tótem de la nación, vale, pero no un bulto de piedra o de madera plantado en mitad de la plaza mayor en el que los creativos de la tribu tallan máscaras benefactoras sino un individuo de carne y hueso, con sus certidumbres y apetitos, ¿y qué hará si le impiden el recreo de presidir esto o aquello? El ocio es muy mal consejero, y encerrado en el despacho, donde no tiene mucho curro, peor, como se ha visto, y no es necesario señalar con el dedo.