Agosto y tropecientas crisis abatiéndose sobre la sociedad, como innumerables plagas de Egipto. En esta atmósfera, el auto exilio del rey emérito ha recibido una cobertura parca y cautelosa. Los comentaristas habituales, sobre todo en la tele, han dado su previsible y borrosa opinión y nada más.
Reales despedidas
A la vista del documento de Juan Carlos I, se ve que los Borbones tienen ya una acrisolada experiencia en este tipo de reales declaraciones de despedida que muestran tres rasgos característicos: a) el rey se va circunstancialmente pero no del todo ni para siempre pues un miembro de la familia recogerá el testigo en el futuro; b) su partida no se debe a que sean responsables de nada, y c) lo hacen como una concesión al servicio del país.
Colgados de la brocha
La brusca, aunque no necesariamente inesperada, eclosión de las malandanzas del rey emérito ha tenido el efecto de arrasar la memoria de probidad y decencia que pensábamos legar a nuestros herederos. ¿Qué hacías tú entonces? Si el rey era el casquivano y trincón que ahora ha salido a la luz, ¿por qué no utilizabas la libertad de prensa para denunciarlo, si eras periodista?, o ¿por qué no arbitrabas en el parlamento mecanismos legales para impedirlo, si eras político?
Los niños cantores
El rey es en efecto un ser providencial al que quienes pueden hacerlo se acercan mediante la adulación, un arma que vence al carácter más templado, a fin de asociarlo a sus intereses a cambio, claro de está, de una congrua comisión.
Inviolable
El rey es inviolable. Lo dice el artículo 56.3 de la constitución. Inviolable parece sinónimo en este caso de inmune e irresponsable. La inviolabilidad es de la persona del rey, sin distinción entre que ejecute un acto de estado o una gamberrada callejera y sin distinción tampoco entre que esté en activo o esté jubilado.