Hay una dificultad, insalvable, al parecer, para discernir el mal. La división de la humanidad en víctimas y verdugos no otorga necesariamente luz sobre qué es justo. Cualquiera puede dar una patada al espejo de la verdad y hacerlo añicos, si las circunstancias le son favorables. Una abuela alemana ha sido condenada a dos años de cárcel por afirmar en artículos de prensa que Auschwitz (el lugar del mal por antonomasia) fue un campo de trabajo y no de exterminio. La abuela parece una abuela confiable; en las fotos exhibe una apariencia desenvuelta y una expresión ufana. Sus abogados van a recurrir la sentencia y alegarán, cómo no, la libertad de expresión de su defendida. Una vieja canalla. Pero ¿qué se gana calificándola así? La abuela tiene detrás a una porción de la opinión pública que piensa como ella, no porque hayan deliberado sobre el asunto sino porque quieren creerlo. De alguna manera, encuentran liberador y conveniente para sus intereses negar el suplicio y el homicidio de millones de personas.

Nadie querría verse atrapado en un habitáculo estrecho y oscuro, a merced de cinco tipos que le doblan en peso y envergadura, resueltos a satisfacer en tu cuerpo el apetito sexual que les posee. De hecho, este cuadro es una pesadilla carcelaria típica de los hombres. Pero si le ocurre a una mujer, e incluso a una niña, están autorizados los distingos, las dudas y las salvedades, y un juez puede ver en este acto de barbarie un jolgorio consentido. El juez, como la abuelita nazi, es persona respetable y ejerce su libertad de juicio y de expresión. También el juez tiene detrás a una parte de la opinión pública que se siente identificada con sus conclusiones, y ha emprendido una persecución contra la víctima. La venganza sobre la víctima es una de las más refinadas pulsiones de la conducta humana y tiene defensores de altura. En un plató de televisión vimos hacerlo a un intelectual de vitola, un tal don Arcadi Espada, que no es Louis-Ferdinand Céline, qué más quisiera, pero lo intenta.

El consenso antifascista fue el fundamento sobre el que se erigieron los estados democráticos surgidos de la última guerra mundial. No en todos los países europeos, pero sí en los más pujantes y desarrollados económica y socialmente. Ahora, las costuras de aquel consenso se descosen. Crisis económica, desorientación política y eclosión de nacionalismos que llevan a una revisión histórica y moral de los principios que inspiraron la  mejor Europa que hemos heredado, de modo que vuelven los nazis y sus abuelos y abuelas. Aquí, en el país de la picaresca, se llamó consenso a la desmemoria y se guardó la historia  bajo la alfombra fingiendo haberla sellado. El resultado es que a cada paso tropezamos en la sombra que proyecta. La manada ha asaltado la plaza pública para recordarnos la ancestral e irresuelta desigualdad entre hombres y mujeres, y del macizo de la raza han emergido abuelitos, y no tan abuelitos, nazis.

P.S. Esta bitácora permanecerá en dique seco diez días por vacaciones de la tripulación. Hasta la vuelta.