Noventa y tantos mil vecinos  censados en veintitrés localidades de esta parte del golfo de Vizcaya estaban convocados ayer domingo por una sociedad civil de vocación política a manifestar en las urnas su voluntad de pertenencia a un estado soberano que no existe.  No es la primera edición de esta iniciativa de folclore político a la catalana que se celebra en primavera, como los mayos. Acudieron a la llamada trece mil, algo menos del  quince por ciento de los convocados. Los demás, o no se sentían soberanos o lo dieron por supuesto y prefirieron dedicar las horas dominicales a otras actividades recreativas. La convocatoria no tiene el carácter explosivo y determinante de un plebiscito, sino más bien la reiteración de un ritual y, en términos de economía política, el recuento de los recursos disponibles para cuando llegue el momento. Las urnas como huchas de voluntades, o de antojos, según se mire. Ya lo dijo el votante más célebre de la jornada, ex presidente del gobierno vasco y vecino de una de las localidades donde se instalaron las urnas, don Ibarretxe: este es solo el primer paso, como si él mismo no hubiera dado un sinnúmero de pasos antes, con el resultado sabido. Nueva manifestación del eterno retorno, o vuelta la mula al trigo, como se dice por estos pagos.

Es necesario preguntarse qué significado tiene esta tenacidad insomne de los localismos en un tiempo en que la globalización hace que los desafíos de las sociedades sean a menudo inabarcables. No basta con contemplar estas manifestaciones locales con la consabida mezcla de desdén y hostilidad, ni tampoco es necesario mostrarse obsequioso con experimentos que fracturan la sociedad y la llevan a la parálisis. Los vecinos que ayer acudieron a las urnas tienen garantizados sus derechos lingüísticos y culturales, están atados a las redes comunicacionales que nos atan a todos, viven de la misma economía de la que vivimos los demás, y ni siquiera demandan nada concreto que le falte a su bienestar o que remedie su malestar. Solo quieren ser. Ser ¿qué? Dos de las localidades donde se celebró ayer la consulta son la cuna de una comparsa folclórica que todos hemos visto alguna vez: dos filas de mocetones coronados con unos cucuruchos emplumados, que marchan rítmicamente con grandes cencerros fajados a los riñones y agitan al paso hisopos de crin. Hace quizá veinticinco años, este escribidor recibió el encargo del departamento de turismo de la provincia de redactar unos textos para los folletos informativos. En la reunión preparatoria se informó de que estas localidades no deseaban aparecer en el folleto porque no querían verse invadidas por un turismo acucioso que previsiblemente iba a profanar con su ignorancia el solipsismo del folclore local. Hoy, estas comparsas están por todas partes en manifestaciones festivas y, singularmente, como guardia de corps, análoga a la guardia suiza o a la guardia mora,  en las manifestaciones nacionalistas de esta parte del planeta. ¿Es eso lo que se votaba ayer?