Emergen aquí y allá del lago de la memoria evocaciones de aquel mayodelsesentayocho  en busca, no de los hechos sino de su significado. Cincuenta años ya. Caramba. Es la clase de efeméride que celebramos como un cumpleaños; no conocemos los detalles del día en que nacimos y apenas las circunstancias del parto pero nos congratula recordar la fecha porque nos asegura que estamos vivos. A cierta edad, se agradece más la supervivencia que la vida. Así que aquí estamos, escarbando en los tópicos de aquella herencia e intentando ahormarlos a lo que la edad y la experiencia nos ha enseñado.

Revolución. No fue una revolución, aunque hizo esfuerzos por parecerlo. Al contrario, después de unos días de fraterna confusión entre  estudiantes y obreros, huelga general mediante, el partido comunista apostó por el orden y los sindicatos  negociaron exitosamente con la patronal mejoras salariales y vacacionales para los trabajadores, que regresaron a las fábricas y, por último, dieron la  victoria al sistema y al general De Gaulle que lo gobernaba.

Revolucionarios. Los estudiantes del adoquín y el cóctel molotov fueron los precedentes remotos de los becados del programa erasmus. Los hijos de la clase media, libres de la carga del trabajo y encantados de haberse conocido. Muchos sueños de futuro, mucha especulación teórica, mucha gesticulación y todo el sexo que se pudiera.

Partido comunista. Fue el principio del fin de la revolución socialista y de su paradigma en la tierra, la Unión Soviética. Los revolucionarios no querían al pecé (nada que ver con personal computer) por revisionista y conservador. Tampoco el pecé quería a aquella chavalería gritona de hijos de jueces, militares, empresarios y terratenientes. Al mismo tiempo, en Checoslovaquia –otro signo de aquel año- se demostraba empíricamente que la herencia de Lenin y Stalin era un maldito fósil.

La Cina è vicina. Fue uno de los misterios de aquel acontecimiento. Los revolucionarios de Barrio Latino, con lo más granado de la intelectualidad parisina de la época, blandían orgullosamente el libro rojo de Mao. El régimen chino de la época era extremoso, sombrío, gesticulante y, por lo que se supo al poco tiempo, también catastrófico para la sociedad y la economía. No hubo ni el menor intento de aplicación de aquel modelo en los países occidentales pero, por alguna razón, los dirigentes de la movida sesentayochista eran chinos. El contagio de esta epidemia en otras realidades políticas adquirió rasgos grotescos: pudimos conocer a párrocos de aldea maoístas y partidarios de la independencia del país vasco. ¿Quién nos iba a decir entonces que terminaríamos siendo tributarios de los chinos medio siglo después?

Libertad sexual. No hay duda de que fue una de las querencias del movimiento y quizá uno de sus legados más conspicuos. Las primeras reivindicaciones de los estudiantes de la universidad de Nanterre, donde se inició el movimiento, incluían la demanda de que las residencias estudiantiles fueran mixtas. Las sociedades occidentales salían de un largo periodo de mojigatería sexual y se había descubierto y popularizado la píldora. El sexo de la época era brutal, inmediato y efímero y, por alguna razón, se presentaba envuelto en ininteligibles discursos políticos. Echar un polvo era un paso en la emancipación de la humanidad, y echar dos, y más si era en la misma tarde, se entendía como haber alcanzado el paraíso socialista.

Feminismo. Algunos comentaristas sugieren que en aquellos sucesos estuvo el germen del movimiento feminista actual. En todo caso, era un feminismo muy apreciado por los chicos, fuera el sostén y viva la minifalda, así que lo que pueda imaginarse como feminismo de la época no pasaría el control de calidad de la más benévola y despistada feminista de ahora mismo.  Aquellos acontecimientos tuvieron un sesgo inequívocamente masculinoide, donde las pocas mujeres en la escena oficiaban en roles secundarios y ornamentales, portando una bandera roja a hombros de sus compañeros en las manifestaciones, por ejemplo.

Ecología. La principal aportación a este ámbito fue una de las famosas consignas: debajo de los adoquines está la playa. Nunca pudo comprobarse, pues el municipio de París repuso de inmediato los adoquines arrancados para la batalla. Sin embargo, fueron sesentayochistas alemanes los que pusieron en marcha Die Grünen, el primer partido europeo que tenía la ecología en el centro de su discurso y del que formó parte Daniel Cohn-Bendit, el líder más conocido de la revuelta parisina. Así que, sí, seguramente el ecologismo político es hijo del sesenta y ocho.

Socialistas. La resaca política de aquellos sucesos trajo el espejismo de un renacimiento de la alternativa socialdemócrata. De Mitterrand a Zapatero, los socialistas se han esforzado episódicamente en gestionar el sistema, con la consecuencia de su evidente declive.

Libertarios. El pensamiento libertario fue un componente del discurso político de aquellos acontecimientos y, como el maoísmo, era una etiqueta sin contenido, una propuesta tentativa e inane. Lo que no imaginaban aquellos libertarios de la bandera negra, que no podían conocer más precedente histórico que el anarco-sindicalismo español, es que también había libertarios de derechas, capitalistas que apostaban por la anarquía del dinero y que se harían dueños del planeta apenas una década después.

Terrorismo. No puede decirse en puridad que el terrorismo, o la lucha armada, o la guerrilla urbana, como quiera llamarse, fuera un fruto directo de los acontecimientos de París. De hecho, en Francia no se registró ningún episodio de este tipo. Pero lo cierto es que aquella agitación y el consiguiente desmelenamiento ideológico que trajo consigo coincidieron en el tiempo con el magnetismo que ejercía el triunfo de la revolución cubana y de la figura mitológica del Che, uno de los iconos de aquel mayo, así que era inevitable que el terrorismo fuera una ramificación borde de aquellos acontecimientos, en Alemania e Italia, curiosamente los dos países occidentales con antecedentes fascistas en su historia reciente. En España, la banda eta cometió su primer atentado mortal ese año.

Policía. En aquellos enfrentamientos, el estado descubrió la necesidad de cuerpos policiales especializados en reprimir en las calles manifestaciones de la población con la máxima eficacia y la mínima efusión de sangre. Puede decirse que aquel mayo alumbró a los antidisturbios. Desde entonces, la intimidatoria ocupación de la calle por amenazadores robocops ante la más mínima sospecha de reunión o manifestación se ha convertido en una rutina de estado. Provoca la sonrisa recordar que aquellos flics ataviados con una especie de impermeable, tocados con cascos militares de la primera guerra mundial y cubierta la cara con lo que parecían unas gafas de motorista cegato de principios de siglo pasado fueran considerados como el paradigma de la opresión. ¡No nos faltaba nada que aprender!

Filosofía. Uno de los efectos inesperados de aquellos sucesos fue la muerte de la filosofía clásica, que venía de Hegel y Marx. Los más listillos de entre aquellos revolucionarios se echaron a la calle armados con los plúmbeos librotes de un ramillete de filósofos no aptos para aficionados y diletantes: Herbert Marcuse, la superestrella de la época, y el círculo de la llamada Escuela de Frankfurt, T.W. Adorno, Max Horkheimer, Jürgen Habermas et alii.  Al pobre Adorno lo neutralizó al año siguiente un grupo de chicas sesentayochistas que con los bustos desnudos (un antecedente remoto de las femen) le rodearon en su cátedra, rientes como ménades mientras el anciano filósofo de la crítica a las sociedades industriales tenía las pupilas dilatadas ante el espectáculo y estaba a punto de ser víctima de un infarto. También fue el ocaso de Sartre, enfermo y alcoholizado, arrastrado de aquí para allá por grupúsculos izquierdistas que lo llevaban a defender en tribunales y mítines callejeros la cause du peuple. Heredaron la cancha los filósofos postmodernos, que ya no hablaban del ser humano y sus cuitas sino del lenguaje que las describe, y algún arribista tedioso que quiso hacerse con la herencia del maestro, como Bernard-Henri Levy.

Fotografía. Fue la edad del oro del fotoperiodismo. Aquel mayo debe su carácter legendario a las imágenes que publicaban las revistas gráficas y que han resultado, como se dice, icónicas. No fue el único suceso del agitado año que debe su inmortal fama a los fotógrafos de prensa: la guerra de Vietnam, la lucha de los afroamericanos por los derechos humanos, los tanques soviéticos en Praga, etcétera, recuerdan el agitado paisaje de aquel año y dan ocasión a la evocación y quizá a la nostalgia. Pero son solo eso: fotografías.