1945. Los alemanes abren los ojos y se encuentran en un océano de ruinas; el estado derrotado, el país partido en dos y ocupado por cuatro ejércitos extranjeros, la administración intervenida, las ciudades arrasadas, la economía devastada, millones de personas muertas, desaparecidas o prisioneras, y un pesado sentimiento de culpa y vergüenza que empapa las mentes y los sentimientos del común. Cuarenta años después vuelve a ser el país más potente de Europa y el guía económico y político del continente. No todo el mérito es en exclusiva de los alemanes pero lo que interesa destacar aquí es que tuvieron que levantar ex novo un estado, una administración y una opinión pública democráticas, a partir de una radical ruptura con el pasado inmediato hacia el que no había vuelta atrás posible. Y es en este contexto en el que Alemania alumbra algunas de las maravillas que tienen boquiabiertos a los españoles: los ministros dimiten al menor atisbo de corrupción, la apología del fascismo está prohibida y penada por ley, tiene una estructura verderamente federal, y los poderes del estado están separados y los tribunales no se confunden con la policía y el gobierno.
1945. Los españoles conservan los ojos entrecerrados porque de nada vale abrirlos para lo que hay que ver. El anómalo estado franquista se dispone a vadear las corrientes democráticas emergentes en Europa y lo hace con la terca parsimonia con que, por ejemplo, don Rajoy vadea ahora mismo la ciénaga de corrupción en la que está su partido, y ambos con idéntico éxito relativo, para ir tirando. Washington, el mismo aliado que impulsó la restauración democrática en Alemania, apoya en España una dictadura brutal y regresiva. Una robusta corriente de mitos nacionales, caciquismo político, estructuras de dominación económica, ideología clerical y sociedad civil destartalada alimenta el credo político y la acción institucional del país desde los reyes católicos. Cuarenta años después, los españoles tienen una economía relativamente boyante, reciben visitantes extranjeros a espuertas y la Europa económica les espera con los brazos abiertos, pero no son capaces de llevar a cabo una ruptura con la dictadura de la que han salido por extinción biológica del dictador y se limitan a una reforma, lo que quiere decir que los viejos hábitos del país permanecen intactos en el nuevo régimen: la corrupción como sistema operativo, la desigualdad como premisa social, el autoritarismo como tic del gobierno, y mucho autobombo y farfolla ideológica para ocultar la incapacidad política y la carencia de virtud democrática.
Durante un cierto tiempo, Alemania y España, tan distintos, tan distantes, parecieron estados armonizados, de intereses compartidos y simpatías recíprocas. La sentencia del tribunal de Schleswig Holstein sobre don Puigdemont ha roto el encantamiento. Este escribidor tiene que confesar que fue de los que creyeron equivocadamente en que la sintonía entre los dos países se mantendría en este caso y que el delito alemán de alta traición y el delito español de rebelión eran susceptibles de casación, no porque creyera en la fabulosa imputación del juez Llarena, porque sin duda no ha habido la violencia que se requiere para que el delito tenga consistencia de tal, como han recordado innumerables expertos en derecho penal y constitucional, sino porque los intereses de ambos estados gravitaban a favor de una coincidencia. Este error de perspectiva del escribidor se debe sin duda a que el espíritu crítico está contaminado del mamoneo que impera en la política española, donde no somos capaces de entender la realidad sino a través de los intereses de los bloques de poder y de sus redes clientelares. Todo en este corral es un quid pro quo en el que no podemos imaginar que algo o alguien sea independiente y funcione con su propia lógica y razón. España es un país tributario de Alemania en lo económico, pero no por eso sus tribunales de justicia van a hacernos una rebaja en sus resoluciones, como grazna nuestra extrema derecha doméstica; al contrario, todo indica que nos vamos a convertir también en tributarios jurídicos. Quizá todo tiene que ver con lo que ocurrió en 1945, pero ¡cualquiera vuelve tan lejos en el tiempo!