Policías franceses cruzan sin permiso la frontera de Italia y entran en un centro de acogida de inmigrantes en persecución de un ciudadano nigeriano, sospechoso de narcotráfico, al que querían someter a un test de orina para probar su culpabilidad, y el suceso provoca una crisis diplomática entre los dos países. La abigarrada noticia da en tres líneas un impecable diagnóstico del estado psicosomático de Europa, cuyos ingredientes podrían ser: 1) el imperio de negocios globalizados, prósperos e indestructibles, aun cuando sean ilegales, como el narcotráfico, alimentados por el mercado interno europeo; 2) el miedo a la inmigración como fuente de delincuencia y de tribulaciones sociales; 3) acciones ejecutivas impremeditadas de la policía o de algún escalón intermedio de la administración, capaces de provocar efectos insospechados; 4) rápida aparición en escena del nacionalismo rampante, dispuesto a sacar partido político del suceso, y 5) gobiernos demasiado lentos e incapaces para dar respuesta satisfactoria a acontecimientos, irregulares o no, que obtienen una inmediata repercusión mediática, y en consecuencia social y política. Los hechos, en sí mismos, son insignificantes –unos polis persiguen a un presunto camello y atraviesan una raya fronteriza imaginaria abolida hace más de tres décadas- pero su rebote noticioso avienta todos los fantasmas que bullen en la imaginación europea actual y es imposible no leerla como un aciago presagio de no se sabe qué.
La mejor historia publicada en castellano sobre la primera guerra mundial, de la que ahora mismo corre el centenario, es quizá Sonámbulos de Christopher Clark. Los europeos actuales damos por sentado que el asesinato del archiduque austríaco Francisco Fernando y de su esposa Sophia Chotek fue la causa de la guerra, pero, acercado el foco a los sucesos de aquellas semanas, resulta que eso es una simplificación tranquilizadora, que puede entenderse como un acto de justicia poética que sitúa un hecho tan estrepitoso como un magnicidio ocurrido en el centro del teatro de operaciones como el desencadenante del pavoroso conflicto que vino después. Lo cierto es que, en aquellas fechas, eran muchos los dirigentes de los países que semanas después serían enemigos mortales, que no consideraban que la muerte de los dos miembros de la familia real austriaca en un atentado confuso y técnicamente chapucero a cargo de unos aficionados, fuera necesariamente casus belli. Había muchos otros intereses que considerar y defender. Europa estaba entonces gobernada por un puñado de emplumadas familias reales cuyos miembros eran parientes entre sí; los negocios iban bien y se disfrutaba de un periodo de paz desconocido hasta entonces. De modo que los dirigentes de los imperios beligerantes (todos los países lo eran o aspiraban a serlo) se encaminaron a la guerra como sonámbulos, mediante una toma sucesiva de decisiones parciales, ninguna de la cuales era en sí misma definitivamente trágica. A la postre, sin embargo, el magnicidio de Sarajevo quedó consagrado como el incidente que dio lugar a la guerra. Hay que preguntarse a veces cuál será el incidente que acabará por implosionar (el neologismo es más piadoso que su antónimo, explosionar) la descabalada Europa en la que ahora vivimos. Las condiciones generales son muy similares a las de hace un siglo: el continente está gobernado por una clase política homogénea y emparentada por complicidades e intereses compartidos; los negocios van bien, si hemos de creer a los indicadores macroeconómicos, y hemos disfrutado de un periodo de paz tan dilatado que se nos ha olvidado cómo es la guerra. Falta el incidente.