Nicolás Sarkozy, detenido por financiación ilegal de sus campañas electorales. El pequeño gran hombre que necesitaba alzas en los zapatos para hacerse acompañar por su despampanante esposa, el inmigrante encaramado en lo alto del podio que rechazaba a los inmigrantes que corren por las calles acosados por la policía, el enésimo epítome del auge y caída del imperio neoliberal europeo, acusado de dopaje electoral, como se llama por estos pagos, donde este delito ha revestido forma de epidemia y la clase gobernante semeja una patulea de yonquis. Tras el expresidente francés detenido, la sombra de Muammar el Gadafi, el errático dictadorzuelo beduino, el mahdi del siglo veinte, que iba a encabezar una revolución panárabe, devenido califa de las mil y una noches, que corrompía con dádivas a los arribistas de la otra orilla del mar que aspiraban a hacerse con los gobiernos de sus respectivos países. ¿Qué contrapartidas obtenía  el benefactor de sus beneficiados europeos además del permiso para levantar su jaima en el jardín y exhibir la parafernalia de poder tercermundista cuando visitaba París, Roma o Madrid en un gesto vacuo pero muy ostentoso de revancha anticolonialista? Gadafi, sin duda, sabía algo de teoría de la comunicación, de lo que este escribidor tuvo una temprana prueba.

A finales de los años setenta, quien esto escribe buscaba en la facultad de periodismo de la universidad complutense, donde estudiaba, a un catedrático que le dirigiera la tesina de licenciatura. Las gestiones le llevaron a un posible candidato aureolado de fama entonces, antiguo miembro del opusdei , que había iniciado su carrera académica como fundador de los estudios de periodismo en la universidad eclesial de esta remota provincia subpirenaica y que por entonces pugnaba por el puesto de decano de la facultad madrileña, para el que consiguió ser elegido. El cátedro recibió al aspirante con amable condescendencia y le obsequió con un libro del que era autor, uno de esos manuales generalistas e inanes que los académicos escriben aprisa y corriendo para engordar su bibliografía. La sorpresa la encontró el neófito en el prólogo ad hoc donde se reproducía como fuente de autoridad un párrafo del libro verde de Gadafi. Preguntado qué significaba aquella sorprendente e incongruente cita, el cátedro, que militaba en el partido andalucista, con ambiciones de gobierno en esa región y cuyos miembros más folclóricos vestían chilaba y fumaban en narguile,  respondió con una sonrisa. Estábamos en la famosa transición y el que no corría, volaba.

El estudiante presentó su tesina sin que el catedrático le prestara mayor atención, el partido andalucista se extinguió con más pena que gloria, el libro con la cita de Gadafi se perdió en el olvido, como el caballo de Aznar,  Gadafi pereció a manos de sus adversarios y Sarkozy va camino del trullo. Fantasías, sueños, extravíos. Hoy, el antiguo reino munificente del dictador libio es un agujero negro que quién sabe si no nos tragará a todos.