El peor enemigo del viejo es el ridículo. Los jóvenes pueden ser extravagantes, grotescos, incluso estúpidos, pero rara vez resultan ridículos. La razón es que viven en el presente, o mejor, al vivir construyen el presente. Para los viejos, el presente es un espacio angosto, oprimido por la fuerza gravitatoria del pasado sobre el vacío de un futuro inexistente. En esa situación, hay que estar poseído por una soberbia ciega al ridículo para atreverse a declamar el miedo por la probable desaparición de la literatura. Es lo que ha hecho Mario Vargas Llosa, premio nóbel de la materia, en su última homilía dominical en el diario de referencia. Y va desaparecer, en su elegíaca opinión, a manos de una nueva forma de barbarie inquisitorial: el feminismo. Don Vargas, autor de algunas de las mejores novelas escritas en castellano en el pasado siglo, de lo que nunca dejaremos  de ser deudores, vive una vejez narcotizada por las incansables oleadas de adulación de que es objeto, en el ámbito literario y político y desde hace un tiempo también en las páginas de la prensa rosa.

La agónica argumentación del nóbel viene provocada por un artículo anterior de la escritora Laura Freixas, en el que propone una lectura de Lolita, de Vladimir Nabokov, en la que se resalta que la historia narrada en la novela es la del rapto y estupro de una menor por su padrastro y tutor. Freixas no niega la calidad literaria de la novela, y menos propone censurarla, sino que establece la evidencia, en este caso y en otros que cita, de que la cultura literaria y artística occidental está plagada de violencia contra las mujeres, presentada como un hecho bello y natural, y en consecuencia moralmente aceptable. La escritora reconoce el derecho del arte a presentar y describir el mal, como clama el nóbel en su réplica, solo pone de relieve que este mal es unidireccional, ejercido por los hombres contra las mujeres, cuyo sufrimiento como víctimas se oculta o se ignora en aras de la eficacia estética.

El debate comporta un par de aspectos que a don Vargas notoriamente se le escapan. El primero es que nuestros gustos, por excelsos que sean, se moldean en determinado clima moral. Para decirlo con una manida expresión, no hay estética sin ética. Se puede leer a Céline, autor que cita el nóbel en su argumentación, como al grandísimo escritor que es, pero ningún lector ilustrado puede apartar de su mente mientras lo lee al grandísimo canalla político que también fue, y ese juicio gravita inevitablemente en la lectura. La literatura es un entretenimiento, no un sustitutivo de la realidad. El segundo rasgo de la cuestión, consecuente con el anterior, es que, si las feministas, y las mujeres por extensión, quieren modificar la conciencia social sobre su condición histórica, habrán de intervenir en las representaciones y símbolos de los que la sociedad se ha dotado para reconocerse a sí misma (no necesariamente mediante la censura directa, como sugiere con espanto el nóbel) y esta intervención corregirá forzosamente el canon vigente. La amplitud de puntos de vista sobre una obra o un autor es una riqueza de la cultura, no una limitación, y la historia está plagada de escritores y artistas sublimes en su tiempo de los que no se acuerda nadie porque simplemente han cambiado los hábitos y gustos de la sociedad, o porque, si eran mujeres, fueron preteridas por los autores del canon.

Una última súplica, don Vargas: si su hiperactividad social se lo permite, piense un poco antes de escribir, porque sus aventuradas admoniciones dominicales comprometen también el crédito de  la generación que con nuestra admirada lectura de sus novelas hicimos de usted el reconocido escritor que es.