La zona histórica de San Petersburgo, la que frecuentan los turistas, es un espacio urbano majestuoso y melancólico, de una belleza pictórica, insólita e inolvidable. Dos aspectos del viaje llaman la atención del visitante occidental y accidental. En primer término, el rigor de los servicios de atención al viajero, desde la consecución del visado hasta el paso de la aduana y el trato en los servicios hoteleros, que es correcto y muy eficiente pero no exactamente cordial. El segundo rasgo relevante, ya sobre el terreno, es la planitud y vastedad del espacio físico, calles y plazas donde los vecinos parecen moverse a gran distancia unos de otros y donde no se encuentran aglomeraciones ni rincones bulliciosos y todo el mundo hace gala de un mesurado comportamiento cívico, incluso en el abigarrado metro subterráneo de estaciones patríóticamente ornamentadas y cuya profundidad es un secreto militar.  Es posible que estas impresiones fugaces, que transmiten una aprensiva sensación de estar en otro mundo, sean inexactas. La guía que acompaña al grupo de turistas es una competente profesional, que habla maravillosamente el idioma de sus clientes, cuyo país conoce y le gusta, atiende a los requerimientos que le hacen y  da muestras de un entusiasta conocimiento de la historia de su país cuando visitan los monumentos programados por contrato.

Ludmilla, llamémosla así, es madre de familia y muy religiosa. Glosa las virtudes artesanas de Pedro el Grande como constructor de barcos, recuerda la canonización de la familia del último zar Nicolás, advierte contra la toma de fotos durante los oficios religiosos en la catedral de San Nicolás,  explica que Rasputín fue asesinado por una conspiración inglesa contra Rusia, rechaza a los homosexuales, que cree que son un peligro para sus hijos, y detesta a los chinos (que aportan a la ciudad dos millones de turistas al año) y, sobre todo, es una fervorosa partidaria del presidente Putin, por sus cualidades físicas, intelectuales y morales, que resalta con convicción, y porque ha salvado al país del caos que significaron los primeros años post comunistas. Los visitantes no salen de su asombro y al término de la jornada se comentan con mayor curiosidad las opiniones políticas de Ludmilla que las riquezas del Hermitage. Millones de ludmillas han entronizado ayer en las urnas a Vladimir Putin para un cuarto mandato presidencial que le convertirá en el dirigente más longevo de la historia al frente del país. Más que Stalin, avisa el comentarista de la tele española con esa mezcla de desconcierto y desconfianza con que la noticia se intenta digerir en occidente. El hecho es resistente a los exorcismos de la razón liberal. Los países son hijos de su historia y de su geografía, y Rusia ha tenido una historia terrible y tiene una geografía inabarcable, en la que una población de demografía declinante con la cabeza llena de espantos y aislada en la vastedad de un territorio casi vacío ve enemigos por todas partes (Ludmilla es hija de una víctima del pavoroso cerco de Leningrado). En una época caótica en la que el miedo se impone otra vez como razón de estado, Rusia ha llegado primero.

P. S. El gobierno ruso ha prohibido el estreno de la película La muerte de Stalin, una descacharrante ópera bufa de humor negro carbón sobre los buenos viejos tiempos del Kremlin, porque, argumenta la agencia oficial de noticias, contiene  información cuya difusión está prohibida por las leyes rusas. Ludmilla habría aceptado este argumento sin pestañear.