Presentación en sociedad de tres títulos de una colección de libros de bolsillo con comentarios sobre Pìo Baroja y su obra. El acto reviste cierta solemnidad: una sala de prestigio, acceso mediante invitación, público circunspecto. Desde las últimas filas, donde se sienta el espectador, la visión del auditorio es un mar calmo de espumas blancas de las que emergen con alguna frecuencia las bruñidas protuberancias semiesféricas de las calvas. Ni un asistente por debajo de los cincuenta, o quizá de los sesenta. El acto, organizado por el ateneo local, tiene dos partes. La primera es una conferencia del mejor biógrafo que ha tenido Baroja y una autoridad académica en la literatura española contemporánea. Los pensamientos del espectador se deslizan hacia una deuda lectora contraída con el conferenciante. Otro excelente libro suyo, Falange y literatura, le exoneró de leer a los escritores fascistas españoles por los que sentía una mezcla de curiosidad y repulsión en la que predominaba esta última. Este amasijo de ocurrencias se ha afincado en la cabeza del oyente, que evoca para sí algunas páginas escritas por su paisano Rafael García Serrano mientras el conferenciante perora sobre Baroja. El oyente se obliga a disciplinar su atención, en vano. Lo que recibe del conferenciante choca con el blindaje de lo que él mismo cree saber, no porque sea contradictorio sino porque es redundante. Baroja fue, es, un narrador excepcional y un escritor anti retórico, santo patrono quizá de la ficción que es también crónica y biografía, cualidades que le otorgan una vigencia que han perdido sus colegas de generación y de época. Habrá que esperar a la segunda parte del acto para saber cómo leen a Baroja los jóvenes autores que participan en la colección que se presenta.
Mala suerte. El primero de ellos no ha podido venir y envía un mensaje en vídeo, o por plasma, como se dice ahora. Las nuevas tecnologías permiten una ubicuidad gélida y elusiva, y ahí está en la pantalla el joven autor de un famoso libro sobre el país vacío excusándose de asistir en espíritu y no en carne viva como hubiera deseado, y haciendo reiterados votos porque el encuentro con el auditorio pueda producirse más adelante en el plano de la realidad. Las enormes dimensiones de la pantalla, la efigie del invitado en contrapicado wellesiano y sus sobreactuadas disculpas y zalemas convierten este pentecostés en una experiencia asfixiante. ¿Qué hay de Baroja? Pues bien, por fin sabemos tres cosas, a) que el autor invitado gustó y se inspiró en los autores españoles en mayor medida que sus colegas de generación, más propensos a la literatura latinoamericana del boom y a autores norteamericanos; b) que le gusta acercarse a los autores que le atraen por caminos poco explorados, y c) que pasó algunos veranos juveniles en el país del Bidasoa, lo que le dio una proximidad topográfica al universo literario del novelista de Itzea. El vídeo concluye y la luz vuelve a la sala. Por alguna razón, la presencia de los otros dos autores invitados se retrasa unos interminables minutos y el viejo acomete una acción que quiere ser de juvenil rebeldía: se levanta de la butaca, enfila la puerta de salida y abandona la asamblea. Un chasquido en la rodilla y el lamento de los zancajos al dar los primeros pasos en la calle le recuerdan que el tiempo pasa, aunque parezca hueco, como esta tarde.