Un cuerpo de policía anuncia una huelga de bajas médicas si no se le provee de material de seguridad adecuado para hacer frente en la calle a los hinchas del equipo de fútbol visitante. En términos militares, esta iniciativa es deserción ante el enemigo y se castiga con la máxima pena. Pero esto no es la mili ni los polis son reclutas conscriptos, sino funcionarios resueltos a resguardar su integridad en una tarea que se reconoce como peligrosa. En la última confrontación, uno de los agentes perdió la vida, no por causas directas del enfrentamiento sino porque los cincuenta y pico años que tenía el agente no son edad para pasar catorce horas en medio de una batalla campal contra los que, según la leyenda ampliamente difundida en esos días, son la élite de la barbarie futbolística. Un portavoz sindical de la policía afectada ha deslizado una amenaza dirigida al gobierno de la comunidad autónoma de la que depende: si no atiende a sus peticiones tendrá que ser la policía nacional o la guardia civil la que haga frente a los vándalos. Será un ciento cincuenta y cinco policial, ha subrayado cínicamente el sindicalista. Es curioso lo que se ha devaluado en pocas semanas el artículo ciento cincuenta y cinco de la constitución en las llamadas comunidades históricas. Pero esa no es la cuestión.

Lo específico de este asunto es que se trata de un conflicto más entre los intereses privados  de los clubes de fútbol y las obligaciones del estado (las comunidades autónomas son estado) en el mantenimiento del orden público. Una pugna que desde hace tiempo y para largo ganan los primeros. Los desplazamientos futbolísticos, tanto más si son partidos internacionales, acarrean un fuerte gasto público adicional en seguridad y más tarde en reparación de los destrozos en el mobiliario urbano o contra el vecindario, sin contar los riesgos personales, a veces irreparables. Bastaría, pues, con que el estado elevara las exigencias hacia los clubes en lo referido al comportamiento de sus seguidores y en las sanciones en casos de incumplimiento. Estas últimas son ridículamente bajas y las impone, no los tribunales según las leyes del estado, sino la uefa, el organismo privado que pastorea las competiciones, chanchullos incluidos. No es imaginable que el estado, ningún estado, vaya a tomar iniciativa alguna que reduzca el efecto narcotizante del opio del pueblo. ¿A dónde iríamos a parar?

Los clubes de fútbol son representaciones caricaturescas del estado y en su estructura y funcionamiento son estados rudimentarios. Están gobernados por una élite económica, últimamente internacionalizada, que en su ámbito de competencia tiene mando sobre las autoridades del estado propiamente dicho; exhiben en sus jugadores una aristocracia de relumbrón sin competencia con cualquier otra profesión o carrera, y son secundados por una masa de lealtad perruna a los colores y, en parte, presta a convertirse en una chusma agresiva y bárbara.  Los clubes, lejos de sentirse incómodos con estas milicias inciviles, las cultivan mediante subvenciones a las entradas, apoyo logístico, viajes pagados y demás gajes que otorgan un sentimiento de pertenencia frente a otras hordas futbolísticas con las que se está en guerra permanente. La eficacia de los partidos de fútbol radica en que ofrecen una apariencia de lid justa e igualitaria (si no, la culpa, el árbitro) que los ciudadanos de a pie no encuentran en ninguna otra experiencia de su vida personal  y deparan la ocasión para la descarga emocional de un gran colectivo humano, sin parangón en cualquier otra actividad social.  Si por arriba se da por descontado el contubernio de las élites económicas, políticas y  futbolísticas, por abajo hay que contar con que esas hordas entrenadas para ocupar espacios públicos y hostigar a los vecinos y a la policía, pueden tener en su caso alguna función extrafutbolística. Zeljko Raznatovic, llamado Arkan, fue un nacionalista serbio devenido criminal de guerra en el último conflicto de los Balcanes, que se inició como cabecilla de la peña de seguidores del Estrella Roja de Belgrado. Son cosas del furbo, como decían los monigotes de Forges.